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La ciencia necesita otro discurso, por Juan Ignacio Pérez

Durante las últimas dos décadas ha disminuido el número de jóvenes que desea cursar estudios de ciencias. Parte del descenso se debe a factores demográficos, ya que llega ahora a la universidad la generación con menor número de efectivos en lo que llevamos de siglo. Pero, además del número total de jóvenes, también ha descendido el porcentaje de vascos que quiere estudiar ciencias. Y ocurre algo similar con la ingeniería. En contraste con esa tendencia, ha aumentado el interés por estudios de salud, de comunicación y de educación.

Aunque todo influye, creo que sería un error atribuir esas tendencias a factores tales como la facilidad o dificultad de unas carreras y otras. Sospecho, más bien, que, durante las dos décadas que hemos dejado atrás, los jóvenes se han inclinado en mayor medida por estudios que preparan para comunicar, atender, cuidar, enseñar ¡a personas! Lo único que tienen en común los estudios más demandados es ese elemento humano. Por el contrario, han manifestado escaso interés por estudios de los que depende la prosperidad económica.

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En esas estamos

Durante los años que van de 1998 a 2007, esos a los que podríamos llamar la década “prodigiosa”, se produjo un curioso fenómeno: los jóvenes que accedían a la universidad optaban cada vez menos por estudios de la rama de ciencias y, sobre todo durante el segundo lustro, también de ingenierías. No era un fenómeno que ocurriese de forma exclusiva en Euskadi; antes que aquí ya había empezado a darse en otros países europeos.

En paralelo, están teniendo cierto auge actitudes de desconfianza, cuando no de verdadero rechazo, hacia la ciencia y la tecnología. Hay numerosos ejemplos de esas actitudes, pero la más reciente entre nosotros y que entraña un mayor riesgo es el movimiento contrario a las vacunas, una de las herramientas más poderosas para combatir las enfermedades contagiosas. Las actitudes anticientíficas han encontrado, además, cierta cobertura intelectual por parte del movimiento posmoderno, una corriente de pensamiento que en sus modalidades más extremas llega a negar la existencia de una realidad objetiva.

Los elementos anteriores configuran una situación preocupante, ya que vivimos en una sociedad en extremo dependiente de la ciencia y sus productos. Es más, el progreso al que aspiramos como sociedad de cara a los próximos años pasa, necesaria aunque no exclusivamente, por el cultivo de las ciencias y por el desarrollo tecnológico. Pero ese cultivo científico y ese desarrollo tecnológico se encontrarán con graves limitaciones si entre nosotros tienen amplia aceptación actitudes contrarias a la ciencia y si las generaciones que llegan a la universidad optan en una proporción mínima por los estudios científicos y tecnológicos. Porque sin científicos ni ingenieros no habrá desarrollo científico y tecnológico alguno.

Por eso, al esfuerzo que realizan las administraciones para apoyar la ciencia y la tecnología deben añadirse medidas que impulsen las vocaciones científicas entre la gente joven. Y para saber qué medidas son las que se necesitan, es preciso conocer, en primer lugar, cómo perciben jóvenes y adolescentes la ciencia y la tecnología; es preciso saber como las ven. Y en esas estamos.

Notas:

1) Este es el texto de una breve anotación que acompaña a la información que el diario Deia ha publicado hoy en relación con la presentación del estudio realizado por la fundación Elhuyar, el Departamento de Educación, Universidades e Investigación (GV) y la Cátedra de Cultura Científica sobre la percepción que tienen los jóvenes y adolescentes sobre la ciencia y la tecnología.

2) La revista Elhuyar ha hecho un tratamiento extenso del tema aquí (en lengua vasca).

3) El artículo de Deia es este. El País también se ha hecho eco, aquí.

4) Txostena, euskaraz, hemen dago, eta laburpena, hemen.

5) Y aquí hay un resumen bilingüe.


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