Entrevista a José Elguero por Manuel Martín Lomas

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“No quiero que a los químicos nos manden al siglo XIX”

Esta entrevista apareció originalmente en el número 4 (2008) de la revista CIC Network y la reproducimos en su integridad por su interés.

José Elguero Bertolini recibió el premio Nacional Ramón y Cajal en 1993; Schutzenberger, Sociedad Química de Francia, 1968; Medalla de Oro, Real Sociedad Española de Química, 1984; Solvay, 1988; Medalla de Oro, Universidad de Marsella; Premio Miguel Catalán de la Comunidad de Madrid, 2005. Actualmente, Doctor Vinculado al Instituto de Química Médica del CSIC.

Además de ser uno de los investigadores científicos españoles de mayor prestigio internacional, José Elguero es un apasionado de la Química. En su visita a CIC biomaGUNE, el doctor Elguero charla con Manuel Martín Lomas [en el momento de la entrevista director científico de biomaGUNE] sobre la situación de la química como disciplina científica en la actualidad, sus retos de futuro y su relación con la industria española. 

Vamos a comenzar hablando acerca de la situación actual de la Química española. 

Creo que los dos somos muy conscientes de las oportunidades que se han perdido y de que algunas de ellas ya no van a volver. No se puede hacer nada respecto a lo que se perdió y creo que lo que debemos hacer es inventarnos nuevas oportunidades. Lo que va a venir no puede ser una simple continuidad, sino que tiene que ser algo más creativo. Esto nos lleva a hablar de centros innovadores como CIC biomaGUNE, que deben hacer cosas que no se hayan hecho aún, ya que si no, el tremendo esfuerzo de algunas personas no tendría sentido ni para el País Vasco, ni para la Química mundial. 

La realidad es que no aparece ningún español entre los 100 grandes químicos europeos de los tres últimos siglos. 

Me temo que poco podemos hacer ya a ese respecto, excepto lamentarlo. Otras disciplinas han utilizado los principios de la química, los han adaptado, engullido y digerido a su servicio y esto ha dado lugar a grandes avances 

¿Crees que, debido a ello, se ha generalizado una percepción errónea de que la química es una ciencia ancilar? 

La química está entrando cada vez más en otras disciplinas que no eran tan moleculares y, al mismo tiempo, que se ha extendido, ha perdido un poco de su identidad hasta el punto de que la mayoría de biólogos y bioquímicos españoles, aunque sean químicos de formación, reniegan de alguna manera de serlo.

Ahora la química está en los campos de los materiales y de las ciencias de la vida. Los químicos nos hemos extendido, pero es cierto que hemos perdido algo de protagonismo y hemos perdido la consideración que, por ejemplo, teníamos en el siglo XIX. Así, ocurre que muchas de las personas que trabajan en las ciencias de la vida no nos perciben como iguales. 

La química se ha extendido y ha molecularizado a otras disciplinas, pero aún tiene un porvenir tremendo como ciencia troncal, ya que quedan muchos problemas por resolver donde la respuesta tiene que venir de la mano de la Química ¿No lo ves así? 

Recuerdo la anécdota de un compañero nuestro que fue a ver a unos biólogos y les dijo que podía estudiar el fenómeno que estaban viendo a nivel molecular y entenderlo. Le contestaron que, si quería, podía hacerlo pero que no le iban a esperar porque tenían mucha prisa en el estudio del cerebro humano, y no podían esperar a que los químicos les explicasen realmente lo que veían, ya que ellos tenían su propia dinámica. Con este ejemplo quiero decir que las ciencias de la vida avanzan, en este momento, a gran velocidad, pero los químicos tienen una metodología con la cual, por su rigor, no pueden permitirse ciertas cosas. Por eso, no creo que el hueco que existe entre las ciencias de la vida y los químicos interesados en estos problemas vaya a cerrarse pronto. Ellos van a seguir avanzando de una manera que a los químicos nos parece un poco rudimentaria con modelos, dibujitos y esquemas, y me da la impresión de que la dinámica de las dos disciplinas no es la misma porque los biólogos ven demasiado alejadas las cosas que hacemos los químicos fundamentales. Tú quizás no notes esto tanto, porque estás justo a su lado. 

Olvidémonos por un momento de los biólogos y hablemos de la química como una disciplina básica. Si repasamos los Premios Nobel de química de los últimos años es evidente que queda un inmenso campo por explorar. Por poner sólo un ejemplo, el último de ellos, el de Gerhardt Ertl, por sus estudios sobre procesos químicos en superficies sólidas evidencia un enorme terreno por explorar dando lugar a aportaciones completamente nuevas. Por lo tanto, la química sigue teniendo su campo de acción abierto y prometedor. 

Yo también estoy convencido de que no nos faltan temas de investigación, que es una disciplina que aún está muy lejos de agotarse porque cada vez hay más cosas. Debemos cambiar de mentalidad. Los químicos ya han demostrado que son capaces de sintetizar casi cualquier cosa, por muy complicada que sea, pero ahora tenemos que ir hacia otros sitios: catálisis, superficies, membranas y toda una serie de problemas frente a los cuales los químicos de mi generación siempre han sido un poco reticentes a la hora de abordar porque no se encuentran a gusto. 

Incluso en campos más establecidos, como la química supramolecular, hay un campo inmenso por explorar. 

Completamente de acuerdo. Un químico con imaginación puede llegar muy lejos si decide hacer la investigación en función de la importancia de los problemas y no en función de sus competencias limitadas. Una nueva generación de químicos debe llegar porque, al menos en España, la inmensa mayoría de los químicos abordan

problemas bastante convencionales. En este momento, se puede decir que los biólogos nos comen un poco el terreno a los químicos.

En cualquier caso, yo soy un entusiasta y estoy convencido del futuro de la química. De lo que tengo dudas es del futuro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), del futuro de ciertas universidades y de ciertos temas de química que, a mi modo de ver, ya estaban obsoletos cuando nos reunimos en Santander hace 30 años. Hay mucha gente que no quiere meterse en camisas de once varas porque no está muy segura de que vaya a ser competente, pero la gente joven tiene que saber que ésa es una confianza que sólo se gana a base de echarle muchas horas. 

En pleno siglo XXI, es posible que la visibilidad de la química sea muy inferior a la visibilidad de las ciencias de la vida y de algunos aspectos de la Física. 

Exactamente. Cuando hablo con otros colegas químicos o con la propia prensa, uno de los temas más recurrentes es que la química tiene mala imagen porque contamina, o por accidentes como el que tuvo lugar en Toulouse. En este sentido, yo siempre digo que, a mi modo de ver, el principal problema al que se enfrenta la química es que para los estudiantes de bachillerato más brillantes no representa un desafío interesante, porque la química que ven ya está muy anticuada. Creen que en química ya no quedan problemas importantes y difíciles por resolver y, por ello, prefieren estudiar Física o Matemáticas. Pero hay que cambiar esa imagen porque quedan problemas muy difíciles que no sabemos siquiera cómo abordarlos y por ello necesitamos gente brillante para que la disciplina no decaiga.

Hay quienes piensan que el siglo XIX fue el siglo de la química, el XX el de la Física y el XXI el de la Biología, pero yo no lo comparto porque no quiero que nos manden al siglo XIX. En cualquier caso, esta es una batalla de imagen que no está ganada. 

Otro aspecto importante es que la química es la única disciplina que, además, es una industria y eso representa claramente un éxito. La industria química mueve grandes cifras y genera mucho empleo en países europeos como Alemania ¿Es posible que el tema de la visibilidad sólo sea un problema nuestro? 

Creo que nosotros hemos hecho todo lo que hemos podido y no creo que sea sólo un problema nuestro porque es un asunto muy complicado que tal vez debiera ser estudiado por otros profesionales como, por ejemplo, los sociólogos. Es verdad que la industria química es extremadamente poderosa y que buena parte de la actividad de la industria farmacéutica se basa en la química; pero, curiosamente, eso no ayuda a que la clase política y el público en general lo entiendan. Tenemos que hacer un gran esfuerzo con la prensa para cambiar la imagen de la química en la sociedad. Es cierto que no podemos minimizar los efectos de las grandes catástrofes químicas en Europa, pero tampoco se les debe dar más importancia de la que tienen. La vida no tiene precio y cada vez que fallece un ser humano, eso es algo que no se paga con nada, pero se debe situar dentro de un contexto y no se debe generalizar y decir que la industria química es algo peligroso. 

Efectivamente, un número relativamente reciente de la revista Chemical & Engineering News, el presidente entrante de la American Chemical Society también habla del problema de la visibilidad de la química, lo cual apunta a que el problema es general. 

Estoy totalmente de acuerdo. Se trata, sin duda, de un problema general. 

Volvamos a centrarnos en España. Tú regresas de Francia en 1980. ¿Qué análisis haces del panorama que te encuentras y cuál es la evolución que has observado en estos últimos 28 años? 

Voy a contarte una anécdota. Cuando llegué a Madrid, hice oposiciones, saqué una plaza y llegué a un despacho. Allí, un investigador que ya falleció me dijo: “mira Pepe, este es tu sitio, siéntate ahí y haz lo que quieras pero que sepas que no hay ni para éter”. Entonces pensé que algo tenía que hacer, porque no estaba dispuesto a estar sentado en una mesa sin hacer nada. Afortunadamente, la situación empezó pronto a cambiar y, de hecho, ha cambiado muchísimo desde entonces. Hay toda una generación de químicos que ahora tienen entre 45 y 55 años que son extremadamente brillantes, que están muy bien formados y que, además, cuentan con medios. Junto a esta mejora extraordinaria de la situación profesional ha desaparecido una especie de entusiasmo patriótico de las personas que ahora rondan los 70 años.

En España se ha producido un fenómeno irrepetible: hay una generación de españoles que se ha encargado de demostrar que, si eran tan miserables, no es porque fueran tontos sino porque era culpa de Franco. Para ello, se han matado a trabajar, se han dejado la piel y han logrado demostrar al mundo entero que, si a España se le proporcionaban medios y condiciones adecuadas, podía producir la misma ciencia que el resto del mundo porque éramos iguales que los demás. En los escritos de Ramón y Cajal ya estaba presente “No nos faltan temas de investigación, la química es una disciplina que aún está muy lejos de agotarse” esta idea. Él mismo decía que le dolía mucho cuando, al principio, iba a Francia o a Alemania y la gente le miraba como diciendo, “de dónde viene éste si allí nadie sabe de nada”, y él tenía que demostrar que las cosas no eran así. Ese sentimiento se ha producido varias veces en la historia de España. Ocurrió primero en los años 20 con la Institución Libre de Enseñanza, que tenía la voluntad de que se podían hacer cosas y luego, de nuevo, entre 1975 y 1980, cuando la gente dijo: “dadnos los medios y nosotros demostraremos lo que somos capaces de hacer”.

En cambio, creo que esta actitud ha desaparecido porque, actualmente, la gente joven no se cree obligada a demostrar nada porque saben que van a hacer las cosas bien y que la ciencia en España se ha ganado el respeto internacional. Cuando saqué la plaza en España, fui a ver a un responsable del CSIC y le dije que volvía de Francia y que me gustaría hacer investigación. Él me contestó que era demasiado viejo para hacer investigación y que lo que tenía que hacer era dedicarme a la gestión. 

Entonces tenías cuarenta y pocos años… 

Sí, cuarenta y tantos, ¡y me dijo que ya era demasiado mayor para hacer ciencia! Fue muy duro y, aunque llegué a pensar que podía tener razón, sabía que no me apetecía hacer gestión, entre otras cosas, porque lo único que sabía hacer era investigación. Esta etapa duró muy poco porque enseguida empecé a conocer gente que tenía ganas de hacer cosas y se produjo una fermentación de toda la vida española y tuve la suerte de vivir unos años muy interesantes, en los que, aunque se cometieron muchos errores, también se crearon muchas cosas porque había que inventarse casi todo. A consecuencia de ello, la generación actual también es muy buena pese a que han perdido un poco eso que Malraux llamaba la ilusión lírica: algo que está muy ligado a la poesía, al entusiasmo y a las ganas de querer cambiar las cosas. 

En Santander se llevó a cabo un análisis de lo que hacían los químicos españoles y de las áreas que se estaban cultivando. Aquello fue una especie de revulsivo pero han pasado muchos años, ha cambiado el panorama, nos hemos hecho “ricos” –porque la ciencia es una cosa de países ricos– y los químicos españoles publican en revistas de primer nivel. ¿Crees que estamos cultivando algo que dentro de diez años puede derivar en un premio Nobel o que en realidad, a pesar de tanto progreso, nos hemos vuelto a quedar un poco estancados? 

La respuesta puede ser afirmativa, pero hay que matizar. Creo que hay personas que realmente se acercan a la frontera del más alto nivel. Lo que ocurrió en España es que la gente logró salir de unas líneas obsoletas para situarse en una franja buena, pero que aún no se podía considerar excepcional, porque se empezó a publicar muy bien. Esta transición se consiguió con un éxito total. Unas pocas personas –no voy a decir nombres, por no ponerte colorado– se movieron aún más allá de esa franja en la que la frontera es más dura porque se publica poco y, a veces, también se fracasa. Ahora hay bastante conciencia de que habría que moverse en esa dirección y espero que la gente joven lo haga. Yo creo que hay algunas personas que ya no pueden. Se dice que un científico solo puede abordar dos o, como mucho, tres temas en su vida, ya que no da para más. Algunas personas ya han hecho ese esfuerzo y empezaron haciendo una química de muy bajo nivel –por ejemplo, en el caso del Instituto del Carbón, el de Carboquímica– y han dado un paso muy grande. No creo que sea posible pedirles ahora que también den el segundo paso. 

Es obvio que el futuro está en los riesgos que sean capaces de asumir las nuevas generaciones. 

Creo que el futuro está en que la gente mayor empuje a las nuevas generaciones a asumir riesgos. Debemos asumir lo más difícil: poner un colchón para que no se den un batacazo tremendo, proporcionar seguridad a la hora de encontrar recursos, dar un apoyo constante a nivel intelectual, arriesgar uno mismo para empujar a que los demás también arriesguen. Así, se están creando una serie de institutos, como éste del País Vasco, que es ejemplar, pero también en otros sitios como Cataluña, Valencia o Madrid donde se va a crear un Instituto de Nanociencias.

Yo creo que de ahí van a salir cosas muy bonitas, aunque bastante más convencionales que lo que se está haciendo aquí. He visitado muchos centros nuevos y, sin duda, el más atrevido es éste, pero ya se sabe que, generalmente, la recompensa suele guardar relación con el riesgo. Desde luego, si sale algo inesperado, o sale en la Universidad de Harvard en el grupo de George M. Whitesides o sale aquí, y lo digo de veras. Además, creo que lo que está haciendo el Instituto de Ciencia Molecular en Valencia con materiales magnéticos también es de muy buen nivel y también la labor de los catalanes en el ICIQ va a desembocar en cosas bonitas en química supramolecular y en química orgánica avanzada. Pero, dentro de todo, son institutos que están más centrados sobre temas bien conocidos y cada uno irá lejos dentro de lo que sabe hacer y creo que van a empezar a llenar la fila de la excelencia, aunque a mi esa es una palabra que no me gusta demasiado y me da un poco de angustia. 

A mí tampoco me gusta mucho… 

A veces parece que las cosas, o son de excelencia o no tienen sentido y decir eso es muy peligroso porque alguien te puede decir: no sois de excelencia, luego no tenéis sentido. 

Cuando yo empecé mi carrera era un término que no se usaba mucho y la primera vez que lo escuché se lo oí a Sols pero para él la excelencia era otra cosa y no era lo habitual aquí. El usaba la excelencia para hablar de Cori, de Kornberg, de Ochoa… 

Creo que la excelencia es algo que lo pueden decir los otros, pero no lo puedes decir tú. Puedes decir que Ochoa era excelente o que Kornberg lo era, pero uno no puede decir que lo que hace es excelente. 

Has mencionado una serie de iniciativas que están teniendo lugar en el país y hablábamos de que, con alguna de ellas, quizás se pueda dar el gran salto que nos hace falta, pero esas iniciativas en muchos casos se están generando fuera de lo que hasta ahora han sido los cauces habituales, como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas… 

Yo le dije a Joan Guinovart, director del IRB –Instituto de Investigación Biomédica– de Barcelona, que se debería montar una coordinación de centros pero, como dependen más de las comunidades autónomas que del Gobierno central, se producen duplicaciones porque no hay ni coordinación, ni comunicación. Creo que, como el Consejo no va a tener esa capacidad de liderar a los centros, sería conveniente reunir, de manera informal, a los directores de los diferentes centros relacionados con la química, digamos de excelencia, de España –que no son más de 10 ó 12–, para intercambiar información. A mi me hubiera gustado que el Consejo asumiera esa responsabilidad de coordinar, pero creo que va a ser difícil. 

La situación se asentará algún día, pero creo que a día de hoy esa coordinación no es fácil. 

Me doy cuenta de que el tema es delicado y no es fácil, pero hay que ser conscientes de que estáis creciendo y cuando todos esos centros se consoliden serán más difíciles de coordinar. El consejo científico del IRB se reunió hace cinco

meses y creo que ahora resultaría más fácil hacer enlaces. Sé que es un tema muy delicado y a los científicos, en el fondo, nos dirán que estamos mejor calladitos, pero creo que debería haber contactos. Se puede invitar a los directores a dar unas charlas para establecer, por lo menos, contactos bilaterales, porque no es bueno que esto crezca sin que haya comunicación. A los aragoneses les han comprado algo que vale una fortuna… 

Sí, creo que se trata de una importante plataforma de microscopía electrónica… 

La más grande que va a haber en España. Pero esto no puede ser, porque hemos luchado durante años en el Consejo para que se respetaran los intereses de todas las comunidades y de todos los científicos y se montara un sistema en el que todos se beneficiaran del saber de los demás. Confieso que esto es algo que me preocupa

porque surgen centros fuera de las universidades y, en cierta manera, fuera del Consejo. 

Pero como científicos, eso es algo que está fuera de nuestro control… 

Totalmente. Es un problema de gobierno, no un problema nuestro. Yo me alegro mucho de que CIC biomaGUNE haya surgido aquí porque es mejor que surja algo bueno a tener que esperar a que aparezca una estructura que permita acogerlo. Si la estructura no es capaz de crear cosas como CIC biomaGUNE, es mejor que se creen fuera de la estructura a que no se creen. Si esperamos a tener un sistema muy estructurado a la francesa, corremos el riesgo de que al final no se haga nada.

Es mejor que, una vez creado, se intenten buscar pasarelas de comunicación y de intercambio –también de profesionales–. En resumen, creo que es un momento precioso y la verdad es que me dais mucha envidia. 

Vamos a reflexionar acerca de un tema tan importante como es el de la industria. Creo que, de alguna manera, seguimos divorciados de la sociedad industrial que nos rodea. En el caso concreto del País Vasco, los CIC se han creado en el marco del departamento de Industria. Aquí hay una tradición industrial importante y en este campo se han conseguido éxitos considerables. Como yo lo entiendo, la idea que preside la creación de los CIC es adelantarse haciendo una ciencia de primer nivel que de lugar a innovación que, a su vez, se traduzca en riqueza. Pero, en base a mi propia experiencia, éste no ha sido hasta ahora el planteamiento habitual de las universidades ni del CSIC.

Soy consciente, también por propia experiencia, que no es tan fácil conseguir esa conjunción entre lo que una sociedad industrializada demanda y lo que los centros de investigación pueden y deben hacer. Se corre el serio peligro de que se repita lo que le pasó a algunos centros y a mucha gente en el Patronato Juan de la Cierva, a los que se demandaba algo absolutamente inaceptable desde el punto de vista de la investigación científica.

Pero, por otra parte, el divorcio absoluto entre la universidad y lo que la sociedad demanda tampoco es bueno. ¿Quizás necesitamos un tejido industrial más poderoso que el que tenemos o puede ser que con un panorama industrial controlado por las multinacionales, la calidad de ese tejido industrial dependa muy poco del nivel de la química que nosotros hagamos?

Cuando yo estaba en el CSIC, nos mandaron hablar con Jordi Pujol para proponerle la fusión de todas las empresas farmacéuticas catalanas. Según el gobierno central no era viable que funcionaran independientemente cuatro o cinco grandes firmas catalanas, que son las que siguen existiendo en la actualidad. El señor Pujol, que por cierto es doctor en farmacología en Alemania, nos recibió en la Generalitat y muy amablemente nos dijo: “ustedes no tienen ni idea. Estas empresas –Ferrer, Almirall, Esteve y Uriach– son negocios familiares y sus dueños hacen con ellas lo que les da la gana y ni el presidente del Gobierno ni el de la Generalitat les puede decir nada”. Y con esta respuesta nos fuimos.

Con esto, quiero decir que la industria se enfrenta a dos problemas básicos. Por un lado, que su actuación se escapa bastante al control del estado y, por otro, que la debilidad de la industria española es muy grande. Sólo existe en Cataluña y en el País Vasco, pero es muy pequeña. Son poco competitivos y buscan temas muy específicos, pero tienen más creatividad que las multinacionales. Me parece que en España no se puede desarrollar la química al nivel que nos gustaría si no hay detrás una industria química potente. En caso contrario, estaremos ante un castillo de naipes: todo parece muy bonito, pero basta cualquier sacudida económica para que se venga abajo. Las universidades están intentando transferir todos los conocimientos que pueden al sector industrial, pero hay poca demanda.

Por ejemplo, yo conozco muy bien a una persona, que ocupa un puesto muy relevante en CEPSA, y me consta que han cerrado un laboratorio muy bonito que tenían a las afueras de Madrid. El motivo es que resulta que ahora están mucho más interesados en ir a Argelia y comprar concesiones de gas. Es decir, ellos mismos no se acaban de creer que la ciencia española les puede ayudar, lo cual les convierte en compañías casi especulativas: compran, venden gas, refinan… Pero las patentes que se usan suelen ser de las grandes multinacionales, como Shell. Si implificásemos este asunto al máximo, probablemente veríamos que el problema más grave de la química española es precisamente la debilidad de la propia industria química. 

Estoy completamente de acuerdo. 

En una ocasión, el ex ministro Josep Borrell (entonces Secretario de Estado de Hacienda) nos citó a todos los presidentes de los Consejos Sociales en el Hotel Palace. Yo le sugerí que la universidad debería transmitir a la industria todo el conocimiento que tiene de manera gratuita porque, en mi opinión, lo fundamental es que la industria funcione bien. Por eso, el hecho de que la industria pague o no a la universidad por ese conocimiento no es relevante porque lo realmente importante es que la industria vaya bien, que genere empleo y que crezca. Poco más o menos, me contestó delante de todos que estaba loco porque eso tenía que pagarse. Yo creo que no lo había entendido: la industria española es tan débil que hay que ayudarla como sea. Y una de las maneras de ayudarla es transferirle conocimiento porque, si no, algunos no van a sobrevivir. Para mi esa medida sería similar a cuando se conceden descuentos fiscales por invertir en investigación. La motivación no debe ser el intercambio financiero, sino procurar que las empresas españolas no desaparezcan para que no se nos pierda parte de la química orgánica española.

Si yo fuera político, diría que hay que ayudar mucho a la industria a nivel científico y a nivel tecnológico y eso creo que, en cierta manera, se ha conseguido en el País Vasco, que ha invertido mucho dinero. Por ejemplo, lo que ha ocurrido con la ría de Bilbao es casi un milagro. 

Esa simplificación que tú haces cuando dices que sólo cuando tengamos una industria potente podremos tener una química académica potente, creo que es una reflexión que no se ha expresado muchas veces ya que lo más habitual es hacer ese razonamiento al revés… 

Efectivamente, los dos ámbitos deben ir de la mano pero, a nivel de las instituciones públicas, creo que es mucho más fácil incidir en la ciencia académica –incluidos los centros como éste– que en el sector empresarial. Debemos transmitirles a los gobiernos –tanto al central como a los autonómicos- la idea de que hay que ayudar a la industria porque, como empiece a ir mal, vamos a acabar siendo un país de turistas. 

Yo creo que la industria sí recibe ayudas, aunque quizás no le lleguen de un modo adecuado. 

La debilidad del sector químico español –con la excepción de las petroquímicas que, pese a ser muy poderosas tienen poca investigación– se ve en que las empresas no están mucho mejor que hace veinte años porque siguen siendo muy frágiles: se crean pocas nuevas y escasean las de capital español mayoritario. Entonces, o no se están haciendo bien las cosas o es que realmente es muy difícil hacerlo mejor. Por ejemplo, Andalucía y las dos Castillas no logran despegar. En Madrid, sí que hay algo de tejido pero es pequeño, salvo el caso de algunas empresas farmacéuticas. 

Además, las grandes empresas son multinacionales por lo cual, los países que las acogen no tienen mucha autonomía porque el centro de decisión está fuera. 

Yo tengo un amigo alemán –el profesor Limbach– que me dice que no entiende por qué queremos hacer química en España si ya se hace mucha en Alemania. Yo le digo que aquí formamos químicos muy buenos en la universidad y me contesta que, en ese caso, lo mejor es que se vayan a trabajar a Alemania porque allí hay

mucho trabajo y que es mejor que en España nos dediquemos a otras cosas, como la energía solar. Yo creo en Europa pero no nos la debemos repartir por especialidades: la Química en Alemania y Hungría, la aviónica en Francia e Inglaterra, los teléfonos móviles en Finlandia… Creo que se puede y se debe hacer ciencia de calidad en todos los sitios. 

No es habitual que, entre científicos, se haga este tipo de análisis que estamos haciendo porque te puede llevar a conclusiones muy tristes. Hay regiones como el País Vasco que creen que el futuro pasa por tener empresas intensivas en conocimiento y que luchan por ponerse a la cabeza en los próximos 15 ó 20 años. La cuestión está en pensar si eso es posible en un momento de globalización como en el que estamos actualmente. 

Yo siempre he creído que un exceso de lucidez puede ser peligroso y que hay momentos en los que hay que decidirse por ir hacia adelante y eso es lo que hay que hacer, aunque por el camino pueda haber nubarrones. En Marsella yo conocí a una de las personas intelectualmente más brillantes que he visto en mi vida. Un chico que había sido pastor hasta que, a los 14 años, un profesor lo vio y le dijo que tenía que aprovechar sus facultades. Comenzó a estudiar e hizo la primaria, la secundaria, la carrera y el doctorado en tan sólo cinco o seis años. Todo seguido. Era un tipo brillantísimo, se hizo químico teórico y un día me dijo que sabía lo que podía hacer pero que no le interesaba porque no era lo bastante bueno para él. Entonces, decidió retirarse y dedicarse a jugar al tenis y a vivir bien. Era una persona extraordinaria que lo abandonó todo por un exceso de lucidez, ya que pensó que no valía la pena porque no iba a llegar a ser como Pople –premio Nobel y químico de referencia en la época–. A mi eso me pareció una barbaridad porque creo que hay que hacer las cosas y luego, ya se verá. Así que, aunque haya problemas sociales o económicos, y aunque esto no pueda ser La Jolla, es igual. 

Antes de comenzar la entrevista hemos estado hablando de la institucionalización de la química en Alemania entre 1820 y el fin de siglo. Hacia 1820 el sueldo de un gran filósofo como Hegel era cinco o diez veces mayor que el de un profesor de química. Sin embargo esta situación había cambiado ya hacia la mitad del siglo. La química se institucionalizó porque la sociedad se convenció de que lo que se hacía en los laboratorios de Justus von Liebig era importante para que los cerveceros hicieran mejor cerveza, tuviesen menos pérdidas y ganasen mucho más dinero. Sólo cuando se llega a ese punto la química en Alemania empieza a convertirse en un pilar básico de la economía apreciado por la sociedad. En la institucionalización de la Física con Siemens en Alemania o en la de la Química con Perkin en el Reino Unido las historias son similares. Teniendo esto en cuenta, entiendo que tendremos más posibilidades de llegar lejos con nuestras investigaciones si somos capaces de insertarlas de alguna manera en la sociedad. 

La sociedad nos tiene que tomar como suyos. 

Y eso es válido para la Química, para la Física y para las ciencias de la vida, aunque los químicos seamos más conscientes de ello y más modestos en nuestras pretensiones. Si se compara la biología molecular o la física de partículas españolas con la que se hace fuera, el resultado es similar al que se obtiene si se compara la química española con la que se hace fuera de nuestras fronteras. No creo que haya grandes diferencias. Esta situación que estamos comentando no sólo se produce en la química, sino que también es válido para la física y para la biología. 

Aunque quizás sea más agudo para la química, se puede decir que es un problema común a todas las ciencias experimentales en el momento actual. 

Por otra parte, si creemos lo que nos dicen los expertos, el dinero público que se invierte en I+D en España–con excepciones como el País Vasco, que invierte un poco por encima– es similar a lo que se invierte en otros países europeos. Por lo tanto, lo que nos falla aquí es la inversión en investigación de las empresas. El contribuyente sí está aportando el dinero que tiene que poner, pero lo que nos falta es que el tejido industrial invierta en investigación al nivel que le corresponde. En caso contrario, nunca podremos ser un país puntero y eso influirá, sin duda, en la química que hagamos. Se pueden dar casos excepcionales de personas extremadamente brillantes pero, por ejemplo, el caso de Ramón y Cajal no es trasladable a estos tiempos que vivimos.

No. Ya no creo que quede ningún sitio en ciencia en el que, casi un autodidacta, por su propio esfuerzo logre sobrepasar a casi todo lo que se hacía en el mundo. Hoy en día, la ciencia ya no se hace así. Ahora tenemos a un físico muy bueno en Alemania, Ignacio Cirac, que está allí porque tiene muchas más facilidades de trabajo. Por eso creo que el tejido industrial que ha conseguido crear el País Vasco es una joya y hay que mimarlo extraordinariamente porque son cosas que se pueden destruir con facilidad y podemos encontrar casos de otras regiones que lo tuvieron en su día pero lo han perdido. Por ejemplo, Cataluña perdió su industria textil en muy poco tiempo, los valencianos y los alicantinos perdieron la industria del calzado en sólo cinco años. Algunos supieron reaccionar y se pasaron a realizar un calzado de diseño, pero muchos no lo supieron ver venir y desaparecieron en poquísimos años. La industria sufre muchos vaivenes y hay que mantenerse alerta y explorar el futuro para saber cómo van a venir las cosas y, en este caso, no supieron imaginarse el fenómeno de China.

La industria farmacéutica está relativamente bien informada acerca de lo que les espera porque es una investigación muy tecnológica pero siempre hay que estar atentos a cuáles son los campos emergentes y los nuevos sectores. A los países europeos, sólo les queda la industria de alta tecnología –como la aviónica o la farmacéutica– porque no pueden competir con países como India, China o Vietnam en terrenos como el acero.

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por CIC Network

Esta entrada es una participación del Cuaderno de Cultura Científica en la XXVI Edición del Carnaval de Química que organiza El cuaderno de Calpurnia Tate.


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