“La Tierra es plana y… Eva es una costilla” por Vladimir de Semir

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Este texto de Vladimir de Semir apareció originalmente en el número 3 de la revista CIC Network (2008) y lo reproducimos en su integridad por su interés.

Dos grandes revoluciones del conocimiento científico han marcado la historia de la humanidad. Gracias a Nicolás Copérnico pudimos comprender nuestro lugar en el mundo físico al conocer que la Tierra no es el centro del Universo, ni siquiera del Sistema Solar. Gracias a Charles Darwin supimos cuál es nuestro lugar en el mundo biológico, en el que el ser humano tampoco es el centro de la creación, sino el producto de una selección natural de las especies.

 

Great scientific discoveries are like sunrises.

They illuminate first the steeples of the unknown,

then its dark hollows”. Edward O. Wilson.

 

La revolución de Copérnico se dio a conocer con la publicación en 1543 de su obra De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las Revoluciones de las Esferas Celestes). La revolución de Darwin, con la presentación – conjuntamente con Alfred Russell Wallace – del artículo On the Variation of Organic Beings in a state of Nature; on the Natural Means of Selection; on the Comparison of Domestic Races and true Species el 1 de julio de 1858 en The Linnean Society de Londres. Un año después, en 1859, Charles Darwin publica On the Origin of Species by Means of Natural Selection, la obra en la que se expone la teoría selectiva aplicada a los reinos animal y vegetal. Sin embargo, habría que esperar hasta 1871 para que la teoría de la evolución fuera extendida hasta el ser humano con la edición de The Descent of Man and Selection in Relation to Sex.

Tanto la obra de Copérnico como la de Darwin han tenido un impacto científico, cultural, social y, en general, intelectual que ha trascendido a su época, influyendo radicalmente en el pensamiento de la humanidad y en su evolución histórica. En ambos casos, además, han sido motivo de grandes debates entre ciencia y religión, que en el caso de Darwin han llegado incluso hasta nuestra época contemporánea. En uno y otro caso la batalla de las ideas se ha jugado en el terreno de la opinión pública, de la cultura científica de la sociedad y de las creencias individuales claramente influenciadas por la existencia o no de convicciones religiosas. Lo más significativo es que el problema radica, en ambos casos, en que los descubrimientos y las teorías sobrepasan el estricto marco científico y se proyectan en la sociedad y en la cultura. Por lo tanto, es sobre todo su divulgación la que origina la controversia.

No hace falta recordar el caso Galileo y su condena en 1633 al haber publicado un año antes su célebre Diálogo sobre los dos grandes sistemas del mundo en el que defendía las tesis copernicanas prohibidas por la Iglesia Católica en 1616. El gran pecado de Galileo fue actuar como el primer gran divulgador científico de la historia, ya que decidió editar en lengua vernácula una obra de contenido científico para que intentaran entenderla los profanos. La Iglesia tardó en rehabilitar plenamente a Galileo más de tres siglos; fue Juan Pablo II el que pidió que se reexaminara el caso Galileo con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento de Albert Einstein en 1979.

Las palabras del Papa fueron un claro reconocimiento del sufrimiento que la Iglesia ocasionó al padre de la ciencia moderna: “La grandeza de Galileo es de todos conocida, como la de Einstein; pero a diferencia del que honramos hoy ante el Colegio Cardenalicio en el Palacio Apostólico, el primero tuvo que sufrir mucho —no sabríamos ocultarlo— de parte de hombres y organismos de la Iglesia. El Concilio Vaticano II reconoció y deploró ciertas intervenciones indebidas: «Permítasenos deplorar —está escrito en el numero 36 de la Constitución conciliar Gaudium et spes— ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la autonomía legítima de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos. Actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer oposición entre la ciencia y la fe». (…) Para ir más allá de esta toma de posición del Concilio, deseo que teólogos, sabios e historiadores, animados de un espíritu de colaboración sincera, examinen a fondo el caso de Galileo y, reconociendo lealmente los desaciertos vengan de la parte que vinieren, hagan desaparecer los recelos que aquel asunto todavía suscita en muchos espíritus contra la concordia provechosa entre ciencia y fe, entre Iglesia y mundo. Doy todo mi apoyo a esta tarea, que podrá hacer honor a la verdad de la fe y de la ciencia y abrir la puerta a futuras colaboraciones”.

Juan Pablo II estimaba que no se trataba de una rehabilitación, ya que consideraba que ésta estaba implícita después de la autorización dada por Benedicto XIV en 1741 para difundir la teoría heliocéntrica. El 31 de octubre de 1992, tras los informes de la comisión que trabajó en el caso Galileo, Juan Pablo II rindió homenaje al sabio italiano durante su discurso a los partícipes en la sesión plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias, reconociendo claramente los errores de ciertos teólogos del siglo XVII.

La obra de Charles Darwin también mereció una rápida divulgación, creándose rápidamente una controversia entre sus detractores y sus defensores. Entre estos últimos, hay que destacar sobre todo al eminente científico e intelectual Thomas Henry Huxley, uno de los primeros lectores de On the Origin of Species, como lo atestigua la carta enviada a Darwin el 23 de noviembre de 1859 en la que le expresa su entusiasmo. Huxley fue también, precisamente, uno de los primeros en divulgar la obra de Darwin en sendos artículos aparecidos en diciembre de 1859: Time and Life: Mr.Darwin’s “Origin of Species” en el Macmillan’s Magazine y The Darwinian Hypothesis en el diario The Times de Londres, y también en una histórica conferencia pronunciada en febrero de 1860 en The Royal Institution of Great Britain bajo el título de On Species and Races, and Their Origin. Hemos de tener en cuenta que todos estos hechos se producían en el seno de una estricta sociedad victoriana marcada por el declinar del imperio británico, pero en pleno auge de la revolución industrial. No es de extrañar, por tanto, que, por una parte, los conceptos aportados por Charles Darwin sacudieran las mentes de la época, pero que, al mismo tiempo, fueran un enorme catalizador de nuevas iniciativas destinadas a compartir el nuevo conocimiento científico y a impulsar su comunicación pública. Buena prueba de ello fue el nacimiento de numerosas revistas científicas de The Royal Society, que había publicado la mayor parte de los trabajos de Isaac Newton, Michael Faraday y los primeros de Charles Darwin, hasta el punto de que entre 1850 y 1860 se duplicaron el número de estas publicaciones científicas en Gran Bretaña. El claro objetivo de todas estas publicaciones científicas era actuar como intermediarias entre el mundo de las ciencias y el gran público. Entre ellas, cabe citar el nacimiento de Nature el 4 de noviembre de 1869.

La revista fue concebida para facilitar a un público cultivado un adecuado acceso al avance del conocimiento científico con una clara vocación de servir al debate y a la polémica. Buena prueba de ello es que entre los escritores habituales de los primeros tiempos figuraban diversos miembros del grupo autodenominado X-Club, científicos conocidos por defender controvertidas concepciones liberales y progresistas. El grupo había sido fundado por Thomas Henry Huxley y contaba con importantes miembros de la sociedad científica, como John Tyndall, que fue sucesor en 1862 de Michael Faraday en la presidencia de la Royal Institution y también presidente de la British Association for the Advancement of Sciences. Todos ellos eran fervientes defensores de la teoría de la evolución de Charles Darwin, sometida a las feroces críticas de los conservadores victorianos.

Como es sabido, Nature se ha convertido con los años en una de las revistas científicas más influyentes del mundo, con uno de los mayores factores de impacto científico, al mismo tiempo que es una de las fuentes informativas primordiales del mundo del periodismo científico. Nature sigue siendo hoy uno de los pilares del conocimiento empírico y ya ha comenzado a conmemorar los aniversarios que se preparan para los próximos meses y el año relacionados con Charles Darwin, el origen de las especies y la teoría de la evolución.

La obra de Charles Darwin se expandió por el mundo, sobre todo al hacer extensiva la teoría de la evolución a la especie humana con la publicación de su tercer libro The Descent of Man (1871). Así, el ya entonces influyente The New York Times, nacido veinte años antes, publicaba el 5 de septiembre de 1874 un largo artículo sobre The Origin of Man, subtitulado Nature of the Discussion: Creation or Evolution, basado precisamente en las aportaciones de John Tyndall.

La polémica ya se había convertido en mundial y los medios de comunicación, las tertulias científicas, conferencias y actos culturales se llenaban de opiniones y argumentos favorables o contrarios a las teorías de Darwin… ¿Creación o Evolución? Inevitablemente las creencias religiosas tuvieron una vez más el terreno abonado para intentar incidir en la sociedad y en los sentimientos de las personas. Y el debate ha llegado hasta nuestros días.

La Iglesia católica mantiene una cierta distancia sobre la polémica, aunque la sigue de cerca. Juan Pablo II pareció ser favorable, también en este tema, a una coexistencia pacífica entre religión y ciencia (aunque debemos recordar que en otros aspectos, como es el caso de la prevención del sida o la fecundación in vitro, el Papa, y, en general, la Iglesia Católica parecen hacer caso omiso a los argumentos científicos y médicos): “Antes de proponeros algunas reflexiones más específicas sobre el tema del origen de la vida y de la evolución, quisiera recordaros que el Magisterio de la Iglesia ya ha sido llamado a pronunciarse sobre estas materias, en el ámbito de su propia competencia. Deseo citar aquí dos intervenciones. En su encíclica Humani generis (1950), mi predecesor Pío XII ya había afirmado que no había oposición entre la evolución y la doctrina de la fe sobre el hombre y su vocación, con tal de no perder de vista algunos puntos firmes. Por mi parte, cuando recibí el 31 de octubre de 1992 a los participantes en la asamblea plenaria de vuestra Academia, tuve la ocasión, a propósito de Galileo, de atraer la atención hacia la necesidad de una hermenéutica rigurosa para la interpretación correcta de la Palabra inspirada. Conviene delimitar bien el sentido propio de la Escritura, descartando interpretaciones indebidas que le hacen decir lo que no tiene intención de decir. Para delimitar bien el campo de su objeto propio, el exégeta y el teólogo deben mantenerse informados acerca de los resultados a los que llegan las ciencias de la naturaleza. Teniendo en cuenta el estado de las investigaciones científicas de esa época y también las exigencias propias de la teología, la encíclica Humani generis consideraba la doctrina del «evolucionismo» como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas, al igual que la hipótesis opuesta. Pío XII añadía dos condiciones de orden metodológico: que no se adoptara esta opinión como si se tratara de una doctrina cierta y demostrada, y como si se pudiera hacer totalmente abstracción de la Revelación a propósito de las cuestiones que esa doctrina plantea. Enunciaba igualmente la condición necesaria para que esa opinión fuera compatible con la fe cristiana. Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría.”

Sin embargo, algunas voces significativas de la jerarquía católica se han alineado más o menos explícitamente con las tesis creacionistas, como es el caso del cardenal de Viena, Christoph Schönborn, que en un conocido y controvertido artículo en The New York Times se permitió incluso criticar los argumentos del papa Juan Pablo II. Por su parte, el actual papa Benedicto XVI expresó recientemente una tibia crítica indirecta a la teoría de la evolución a través de determinadas consideraciones sobre la razón científica, que ha pasado bastante desapercibida porque se realizó en el mismo contexto de su ya famoso discurso en el Universidad de Ratisbona en el que efectuó la polémica cita sobre el Islam.

De momento, no obstante, las mayores críticas y tergiversaciones contra la teoría de la evolución provienen hoy principalmente de movimientos ideológicos y religiosos más conservadores y fundamentalistas que la Iglesia católica, nacidos sobre todo en Estados Unidos y Latinoamérica. El 25 de mayo de 1925, John T. Scopes – profesor de Biología en una escuela de Dayton (Tennessee) – fue condenado a pagar una multa de 100 dólares por violar la denominada Butler’s Act que establecía la prohibición de enseñar en las escuelas del estado de Tennessee “cualquier teoría que niegue la Divina Creación del hombre como establece la Biblia y que, por el contrario, afirme que el hombre desciende de un animal inferior”. John Washington Butler promovió esta norma reconociendo que “yo no sabía nada sobre la teoría de la evolución”, pero que reaccionó escandalizado cuando “leí en los periódicos que niños y niñas volvían de sus colegios comentando a sus padres que la Biblia no tiene sentido”.

En 1987, la justicia norteamericana prohibió taxativamente la enseñanza del creacionismo en virtud de la separación de la Iglesia y del Estado. Desde aquel momento, diversos movimientos fundamentalistas protestantes comenzaron una cruzada considerándose las víctimas de un pensamiento dominante que les impedía predicar una creencia religiosa que atribuye a la intervención divina, en forma de “diseño inteligente”, la aparición del ser humano sobre la Tierra. Esta prohibición, que recoge la Primera Enmienda de la Constitución Norteamericana por la que el Estado no puede apoyar a religión alguna, es la que ha impulsado la invención del “creacionismo científico” como una teoría contrapuesta con la de la evolución, y no sólo como una creencia religiosa. Vistiendo al creacionismo de un aparente contenido científico, que valida la literalidad de la versión bíblica, los fundamentalistas religiosos han conseguido que en algunas escuelas públicas se enseñe esta simple creencia religiosa como una hipótesis equiparable a la de la teoría de la evolución, que es un conocimiento basado en la metodología científica; una iniciativa que se ha visto favorecida en los últimos años gracias al fundamental y fundamentalista apoyo presidencial de George W. Bush.

Es evidente que algunos pretenden mezclar el agua con el aceite para anteponer e imponer criterios religiosos conservadores a cualquier racionalidad humana con unos objetivos aparentemente lícitos de defensa de la Biblia, pero sin duda oscuros, porque se adivina que persiguen unos fines bien precisos vinculados a la manipulación de conductas, valores e ideologías humanas. El problema es que este movimiento, basado en unas creencias religiosas, parece querer contaminar otras latitudes y longitudes del planeta por obvias razones que no son sólo de proselitismo religioso, sino que están vinculados a importantes movimientos conservadores de toda índole. En este momento histórico en que hay una fuerte pugna entre religiones por defender e incrementar las respectivas parroquias de fieles, y si es posible aumentarlas con conversos de las otras – como ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad -, la contaminación creacionista ha llegado a Europa e intenta abrirse camino. En diversos países de nuestro continente se han producido brotes significativos, en la mayoría de los casos con un objetivo muy claro: influir en el sistema educativo, como ocurre desde hace años en el país de origen de este movimiento ideológico-religioso disfrazado de argumentario científico.

Al comienzo de 2007, un lujoso Atlas de la Creación de 800 páginas (editado en Turquía) intentó ser distribuido masivamente en escuelas y universidades de Francia, Bélgica, Suiza e incluso España; en Polonia, Italia, Países Bajos y Serbia diversos políticos con inequívocas creencias religiosas se han mostrado favorables a introducir la “enseñanza” del creacionismo en sus escuelas, y también se han impulsado iniciativas diversas (coloquios, exposiciones, cursos,…) en Reino Unido, Alemania, Rusia, Suecia y, recientemente, también en España.

Las señales de alarma se han encendido y, por ello, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa adoptó en octubre pasado una resolución sobre “Los peligros del creacionismo en la educación”. John Brockman, el fundador de Edge: The Third Culture, foro online en el que científicos y pensadores comparten y debaten sus conocimientos con el público, ha recogido en un muy oportuno libro artículos de 16 prominentes científicos sobre la falsa polémica que intenta contraponer como teorías equiparables la evolución de Darwin y el creacionismo de los partidarios del diseño inteligente. El libro recoge así las opiniones, entre otros, de Steven Pinker, Richard Dawkins, Daniel C. Dennett o Lisa Randall. Brockman valora que “el movimiento favorable a diseminar el diseño inteligente debe ser contemplado como si los visigodos estuvieran acechando en las puertas de nuestra civilización. Hay ejemplos en la historia del colapso de grandes civilizaciones y nosotros no estamos a salvo de estas fuerzas retrógradas”.

Expertos indiscutibles como el profesor Dominique Lecourt, profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad París-VII y autor de L’Amérique entre la Bible et Darwin, lo han dejado bien claro: “Las bases teológicas del diseño inteligente chocan ineluctablemente con la historia de la biología y son equiparables a quienes pudieran pregonar todavía hoy que la Tierra no gira en torno al Sol. El movimiento de la Tierra no admite ni opiniones ni ideologías”. El creacionismo –digámoslo claro – es un ismo más de los muchos que nos acompañan a lo largo de nuestra historia, mientras que las teorías de Darwin están basadas en el conocimiento científico, siempre revisable por la propia esencia de lo que es hacer ciencia, pero en el contexto del estricto método científico. Un ismo que intenta aprovechar que vivimos tiempos de pérdida de valores, de mixtificación cultural y, en general, de falta de referentes. Las opciones religiosas, las tendencias ideológicas e incluso las creencias personales basadas en sentimientos y apriorismos heredados se convierten fácilmente en argumentos de verdad. Todo ello es naturalmente respetable, pero no da derecho a la creciente tentación de imponer unos determinados pensamientos sobre otros e, incluso, de convertirlos en verdades absolutas.

Hay políticos que consideran que una decisión adoptada por la circunstancial mayoría que ostentan es suficiente para cuestionar verdades basadas en el método científico. Como si un parlamento – por muy democrático que sea – pudiera decidir si una ley de gravitación universal es cierta o no sobre la base de una hipotética votación al respecto. No hace falta entrar en la eterna polémica sobre las pretendidas “verdades paracientíficas” para darnos cuenta de que, para muchos, es más fácil creer en cosas inverosímiles – casi mágicas – que en otras basadas en argumentos y análisis metodológicos.

Incluso hay quien piensa que comprar un décimo de lotería en una determinada administración “que vende mucho” le da más probabilidades de obtener un premio, cuando matemáticamente es irrefutable que tiene la misma opción de ser premiado compre donde compre su participación en el sorteo. En todo caso, sus probabilidades reales dependerán sólo del mayor número de diferentes décimos que decida jugar. Existen gobernantes que llegan al extremo de intentar imponer teorías sobre “diseños inteligentes” en las aulas, simplemente para que no se puedan poner en cuestión sus creencias religiosas y hacer así compatible un determinado conocimiento pretendidamente científico con sus sesgadas interpretaciones bíblicas y las aplicaciones sociales y políticas que se derivan de ellas.

La realidad es que este principio de siglo XXI se caracteriza por una interesada crisis intelectual que promueven grupos que persiguen objetivos muy diferentes de la necesaria profundización en el desarrollo del conocimiento humano, pero que utilizan pseudo-argumentaciones aparentemente científicas para alcanzar sus metas ideológicas. Contra la posible mixtificación del debate ideológico sólo son válidos los argumentos de la educación, la cultura, la diversidad intelectual y el conocimiento basado en el método científico. Por ello, hoy más que nunca, es indispensable promover la información, la educación y el debate intelectual en una sociedad dotada de suficiente capacidad crítica y con referentes culturales para el libre discernimiento. La creación de una opinión pública sin condicionamientos ideológicos es por ello esencial. En caso contrario, ¡es posible que la Tierra acabe volviendo a ser plana!

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Vladimir de Semir. Profesor de Periodismo Científico y director del Observatorio de Comunicación Científica y Médica de la Universtitat Pompeu Fabra; comisionado de Cultura Científica del Ayuntamiento de Barcelona; miembro de la red European Network of Science Communication Teachers (ENSCOT) y del comité ejecutivo de la red internacional Public Communication of Science and Technology.

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Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por CIC Network


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