“Darwin y la filosofía, una relación conflictiva” por Reyes Mate

Fuente: Wikimedia Commons

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Este texto de Reyes Mate apareció originalmente en el número 3 de la revista CIC Network (2008) y lo reproducimos en su integridad por su interés.

El diario El País hablaba, en un editorial del día 12 de enero de los corrientes, del desembarco en España del nuevo creacionismo. Sus promotores, miembros de una asociación llamada Médicos y Cirujanos por la Integridad Científica, se harán presentes en sedes académicas, impartiendo conferencias bien tabuladas, bajo el título Lo que Darwin no sabía. Es el penúltimo episodio de la conmoción que causó El origen de las especies, desde que fuera publicado en 1859. 

Este libro desbordó el campo académico. Causó gran revuelo, porque grandes instituciones del saber se vieron cuestionadas de arriba abajo. La religión, por supuesto, pero también la filosofía. Ni El origen de las especies, ni La filiación del hombre, se presentan como libros filosóficos. Son tratados científicos en los que Darwin expone su “teoría de la descendencia, modificada por la vía de la selección natural, referida a las variaciones orgánicas e institucionales ventajosas”. Darwin irrumpe en el campo de la biología con una teoría de la evolución de las especies por selección natural. Como entre las especies también estaba la humana, la teoría de la selección natural tenía que afectar a asuntos tan sensibles como el origen de la vida o los contenidos de la moral. La teoría científica llegaba a campos monopolizados por la religión o la filosofía, de ahí que fuera inevitable hablar, no sólo de la teoría científica de Darwin referida a la evolución de los organismos, sino también del darwinismo, un campo que desborda las fronteras de la ciencia, de la naturaleza y es casi sinónimo de evolucionismo.

Sin poder entrar ahora en el debate sobre si el darwinismo es o no una filosofía, digamos que Darwin, cuyas aficiones filosóficas no eran muchas, lo que sí hace es un uso muy suyo de la filosofía o, si se prefiere, lo que sí hace es sacar consecuencias filosóficas de sus investigaciones científicas. Era inevitable que se confrontara con asertos filosóficos o religiosos muy anclados en la conciencia de la gente.

Entre los libros que sube a bordo del Beagle está el manual de Teología natural que el estudiante de Teología y Medicina había usado en Cambridge. Esta asignatura formaba parte de la enseñanza de las humanidades y tenía por finalidad conciliar la historia natural con las exigencias dogmáticas de la creación. Aunque los resultados científicos de Darwin no supusieran ninguna ayuda a estos píos propósitos de la teología natural, el autor de The Autobiography reconoce, sin embargo, que el libro le vino muy bien porque esa tesis manejaba la idea de una inteligencia global que unía los intereses de los singulares con los generales. A este Darwin, bien lejos por el momento de la heterodoxia, le intrigaba analizar las formas de adaptación de cada individuo a las exigencias del colectivo. Lo que descubrirá -la selección natural- le llevará a abandonar toda forma de teología y, con ello, el universo teológico-filosófico de su juventud. Darwin, que partió de la ortodoxia, es llevado por la dinámica misma de su evolución científica, aplicada al estudio de los mecanismos de la tierra y de los seres vivos, al rechazo contundente de la creencia en un Dios personal, creador del mundo y de sus leyes. “La incredulidad”, confiesa en su autobiografía, “se insinuó en mí muy poco a poco, pero acabó siendo completa”. Aunque los caminos y razones de las creencias o increencias sean muy personales, no está de más recordar que el científico Darwin se tenía que enfrentar a una interpretación literal de la Biblia que ya ningún exégeta riguroso sostiene gracias, en buena parte, a las críticas del propio Darwin. “Había llegado a la conclusión”, escribe con vehemencia, “de que el Antiguo Testamento yerra manifiestamente cuando habla del origen del mundo, de la Torre de Babel, del Arco Iris y de un Dios sediento de venganza…”.

Aunque Darwin no se ocupa tanto del origen de la vida como del momento posterior al origen, es decir, del desarrollo de la vida, sus ideas suscitaron enseguida interés entre los filósofos. Marx y Engels, por ejemplo, las saludaron con entusiasmo. Un año después de la aparición de El origen de las especies escribe Marx a Engels: “ahí tenemos, en ese libro, el fundamento histórico-natural de nuestra concepción”. Lo que Marx ve en la teoría darwinista es que su biología evolucionista, interpretada como historia natural, es el sustrato materialista sobre el que se levanta naturalmente el edificio marxista de la historia social del hombre, historia en la que la lucha histórica de clases sustituye a la lucha biológica por la existencia. Marx ve en Darwin un aliado materialista que no recurre, para explicar los problemas de la vida, ni a la trascendencia religiosa, ni al idealismo de la conciencia. Pero este entusiasmo inicial dejará pronto paso a una actitud más reservada. Marx se alarma con el “darwinismo social” que, de ser cierto, acabaría con el papel estelar que él asignaba al proletariado. Corre por ahí la historia de que Marx, llevado por su primer impulso, quiso dedicar a Darwin el segundo volumen de El Capital, pero que éste declinó porque se temía que sus afectos antirreligiosos podrían molestar a parientes próximos. No hay confirmación de esta noticia, pero sí la certeza de un progresivo distanciamiento que Marx comunica a Engels, en una carta del 18 de junio de 1862: “llama la atención que Darwin reconozca en los animales y plantas su propia sociedad inglesa, con su división del trabajo, su competitividad, sus aperturas de nuevos mercados, sus inventos y su malthusiana lucha por la existencia. Es el bellum omnium contra omnes de Hobbes, algo que recuerda al Hegel de la Fenomenología cuando habla de que la sociedad civil interviene como “reino animal del espíritu”, mientras que en Darwin es el reino animal el que interviene como sociedad civil”. Es decir, Darwin con su selección natural sólo habría aplicado a la naturaleza el esquema interpretativo derivado del funcionamiento de la sociedad inglesa en la época victoriana. Con este duro juicio, Marx colocaba al científico Darwin el sambenito de ideólogo. Estimo, sin embargo, que la diferencia más sustantiva entre Darwin y Marx hay que buscarla en el peso de lo natural, en Darwin, y de lo social, en Marx. Marx no podía aceptar la explicación de que las estructuras y conflictos sociales fueran debidos a fuerzas naturales, es decir, que escaparan a la voluntad y a la razón de los hombres. Las leyes de la historia no son las de la naturaleza. Eso es lo que hace Darwin, y eso es lo que no pueden hacer ni Marx, ni Engels. Todo lo dicho no impide que Engels honrara a Marx, tras su muerte, como “el Darwin social”.

Donde se produce uno de los debates filosóficos más rigurosos con Darwin es en Francia. Ya en 1872 Antoine Cournot expresa serias dudas sobre el papel de la selección natural en la génesis de las especies biológicas, dudas que luego articuló en cuatro objeciones. Así, no se explica la rica variedad de flores “inútiles”; hacen faltan muchas casualidades para conseguir que el elefante tenga trompa; faltan testimonios fósiles para etapas intermedias; el tempo largo de las transformaciones, en la teoría darwinista, no explica las respuestas rápidas que exige la vida para la supervivencia.

Partiendo de estas dudas, Henri Bergson, autor de La evolución creadora (1907), articulará un riguroso debate que sigue vigente. El contexto es la confrontación más general entre mecanicismo y finalidad, asunto principal de todas estas filosofías de la vida. La astucia del darwinismo habría consistido, no en negar la finalidad, sino en derivarla de la capacidad adaptativa que tiene el ser vivo para sobrevivir, adaptación que es obra de la selección natural. Lo que entonces plantea Bergson es que el principio de adaptación no explica la aparición de aparatos idénticos, gracias a medios diferentes, en líneas de evolución divergentes. “¿Cómo suponer”, se pregunta Bergson, “que las mismas mínimas variaciones, en número incalculable, se hayan producido en el mismo orden, sobre líneas de evolución diferentes, si ellas fueran meramente accidentales?”. Bergson apunta una solución que parte del parentesco entre naturaleza y conciencia, y acaba exigiendo el principio de finalidad, aunque no el clásico. No se trata de afirmar un objetivo predeterminado de la materia, sino de reconocer un impulso que viene de atrás -el famoso Élan vital– que empuja la evolución en un determinado sentido.

La filosofía ha mantenido sus reservas sobre las implicaciones filosóficas del darwinismo. Pero el capítulo no está cerrado. Nuevas lecturas de Darwin abren perspectivas inéditas. Me refiero a lo que algunos llaman “el efecto reversivo de la evolución”. El punto débil del darwinismo consistía en cómo eludir el darwinismo social desde el momento en que aplicamos al hombre el principio de selección natural. ¡Vae Victis! Pues bien, “la selección natural selecciona, mediante los instintos sociales, la civilización, que se opone a la selección natural”. La selección natural podría seleccionar ser antiselectiva, seleccionando sentimientos de ayuda a los más débiles, es decir, optando por una moral de la ayuda y de la rehabilitación de los desfavorecidos. ¿Cómo se explica este salto de la selección natural a moral altruista? Porque esa selección es una ventaja que potencia las posibilidades del individuo en cuestión. Ese paso sería una interrupción de los contenidos seleccionados naturalmente, pero una continuidad de la lógica de la selección, pues con esa opción se obtendrían ventajas aunque no fueran del orden biológico, sino social. Esta interpretación que adopta, entre otros, Patrick Tort, el actual director del Instituto Internacional Charles Darwin, coincide con la amable y grandiosa interpretación del evolucionismo que en los años cincuenta puso en circulación Teilhard de Chardin. La diferencia es que el paleontólogo jesuita sabía, de entrada, de donde partía (de un Alfa o creación) y adonde quería llegar (a un Omega o Apocatástasis en Cristo), mientras que el científico tiene que atenerse a sus resultados.

Y lo que da a entender “el efecto reversivo de la evolución” es que el producto “civilización” es superior al de “selección natural”, sin que la ciencia nos pueda explicar por qué es más “ventajosa” la moral altruista que la violencia del más fuerte. La moral es, desde luego, más ventajosa que la violencia implícita en la selección natural, pero poco tiene que ver esa “ventaja” con la lógica de la selección natural.

Desde que la primera edición de El origen de las especies se agotara en un sólo día, hasta hoy, 150 años después, la teoría de Darwin forma parte del patrimonio científico y cultural de la humanidad. Darwin dejó claro que los seres de cada generación son ligeramente distintos, y que los que mejor se adaptan al medio ambiente consiguen transmitir sus diferencias a la generación siguiente. La evolución consiste, por tanto, en la transmisión diferencial de variantes genéticas y se produce por una selección no dirigida voluntariamente, sino por selección natural. Quedaban por resolver muchas cuestiones -por ejemplo, cómo se heredan esos caracteres distintos- pero esas insuficiencias no han empañado el prestigio de su teoría.

Esto no quiere decir que Darwin esté al abrigo de amenazas. Los ataques vienen de grupos religiosos con pretensiones científicas, que oponen al evolucionismo científico la explicación creacionista del mundo y de la vida. Son legión, vienen de los Estados Unidos, y tienen, como soporte científico, la interpretación literal de la Biblia, a la que se adhieren el 60% de los norteamericanos. A algunos no parece que les pare el temor al ridículo. El año pasado se inauguró un museo creacionista y allí se explicaba que los dinosaurios desaparecieron con el diluvio al no poder acogerlos Noé en su arca dado el tamaño descomunal. A otros, sí les preocupan estas simplezas, por eso hablan del “diseño inteligente”, que no es sino la tercera oleada creacionista. La primera tuvo lugar a principios del siglo XX y se empeñó en ilegalizar la enseñanza de la evolución en la escuela. Epicentro de aquel vendaval fue el caso Scopes (1925), un juicio contra un maestro rural, inmortalizado luego por Stanley Kramer en el filme La herencia del viento. El segundo envite tomó la forma de pulso político entre Biblia y Ciencia, exigiendo el mismo trato docente para una teoría y otra. El Tribunal Supremo de Estados Unidos zanjó el asunto en 1987 al prohibir la enseñanza del creacionismo en las escuelas públicas, en nombre de la separación Iglesia-Estado. El tercer momento se reviste de ropaje científico. Hablan de “diseño inteligente”, un término puesto en circulación por Philip Johnson, un profesor de Derecho, jubilado, de la Universidad de Berkeley. El diseño inteligente de hoy es el resultado de aplicar a las macromoléculas el clásico argumento sobre la existencia de Dios basado en la exigencia de una Idea o Diseño previo a la creación en la mente divina.

Estos Cruzados de la Fe están llamando a nuestras puertas. Alguien les habrá dicho que aquí, durante el franquismo, no se enseñaba el evolucionismo en las escuelas. El escritor José Jiménez Lozano cuenta la visita de un inspector de enseñanza primaria a una escuela en la posguerra. El maestro, que había sido depurado y que vivía en precario, había explicado a los alumnos las bondades del pararrayos de Benjamin Franklin y lo mucho que le debíamos. El inspector quiso saber cómo había que defenderse de los rayos y centellas de las tormentas. Cuando oyó el nombre de Franklin demudó el color, temiendo por la vida de aquellos niños a los que no se les había enseñado que el arma eficaz, infalible, es “el Trisagio”, o sea, el “Santo, Santo, Santo es el señor de los Ejércitos”. Este relato, presentado como un cuento, fue historia. El Trisagio tenía el nivel epistémico del creacionismo.

Darwin ha limpiado las telarañas filosóficas y teológicas de muchas teorías sobre el origen de la vida. Pero el uso político que se ha hecho del “darwinismo social”, que también sedujo a los nazis, lanza un manto de sospecha sobre las proyecciones filosóficas de su teoría de la evolución. Poco tiene que ver, sin duda, con el propio Darwin, pero que se relacione la Selektion de los campos con la selección natural de las especies, obliga a plantearse la irreductibilidad de moral. El hombre civilizado ha inventado la figura del ser moral porque ha entendido la importancia de la debilidad, de lo abandonado precisamente por la selección natural que caracteriza no sólo a la naturaleza sino a la historia de la humanidad. La lógica de la historia no puede ser la de la naturaleza, aunque los hombres no hayan conseguido escapar a su seducción.

Reyes Mate 2

Reyes Mate. Filósofo. Doctorado en la Wilhelms-Universität de Münster, Profesor de Investigación del CSIC en el Instituto de Filosofía. Autor de La razón de los vencidos, Anthropos, Barcelona, 1991; Memoria de Occidente. Actualidad de pensadores judíos olvidados (1997); Heidegger y el Judaísmo (Anthropos, Barcelona 1998); Penser en espagnol (Presses Universitaires de France, Paris 2001); Auschwitz. Actualidad moral y política (en Trotta, 2003, Madrid); Medianoche en la Historia. Comentario a las tesis de Walter Benjamin sobre el concepto de historia (Trotta, 2006).

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por CIC Network


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