“Charles Darwin y Alfred Russel Wallace: ¿iguales pero distintos?” por Peter J. Bowler

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Fuente: Wikimedia Commons

Este texto de Peter J. Bowler apareció originalmente en el número 3 de la revista CIC Network (2008) y lo reproducimos en su integridad por su interés.

La teoría de la evolución por selección natural se anunció al mundo en unos textos conjuntos de Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, que se leyeron ante la Sociedad Linneana de Londres el 1 de julio de 1858. Wallace había escrito su artículo en el Extremo Oriente y se lo había enviado a Darwin con la esperanza de que pudiera publicarlo. Darwin había estado trabajando en una teoría similar durante algún tiempo, pero todavía no había publicado nada sobre dicho tema. Tras consultarlo con el geólogo Charles Lyell y el botánico Joseph Dalton Hooker, acordó presentar los textos conjuntos a la Sociedad Linneana, publicando el artículo de Wallace al tiempo que dejaba claro que él era quien tenía prioridad: hubo testigos independientes de que los textos de Darwin se habían escrito mucho antes.

No hubo mucha reacción pública a dichos textos, pero entonces Darwin se apresuró a escribir El origen de las especies, un libro mucho más corto que el que había previsto en un principio, que apareció en diciembre de 1859. Esta vez se originó una gran protesta popular y, una vez que el polvo de la batalla se disipó, Darwin se convirtió en uno de los científicos más famosos de todos los tiempos. Por tanto, Wallace disfrutó de una menor atención pública y ha quedado a la sombra de la gran reputación de Darwin. Pero el hecho de que anunciaran juntos la teoría ha provocado ocasionales acusaciones de historiadores modernos que opinan que Wallace debería recibir el mismo reconocimiento que Darwin. Se insinuó que se había mantenido deliberadamente en segundo plano, debido a las maquinaciones de una élite de científicos que decidieron utilizar a Darwin sólo como su testaferro. Un escritor, Arnold Brackman, incluso afirmó que Darwin plagió parte de su teoría de Wallace, construyendo una teoría conspirativa complicada, en la que el artículo de Wallace había llegado a Inglaterra mucho antes de lo que Darwin había alegado.

Yo quiero exponer que estas teorías conspirativas están equivocadas y que, de hecho, hacen a Wallace un flaco servicio. Hay buenos motivos por los que no se le debería dar el mismo estatus que Darwin en el descubrimiento de la selección natural. Darwin ya había estado trabajando en dicha teoría durante veinte años cuando Wallace tuvo una idea algo similar en 1858. Fue durante su viaje alrededor del mundo en el H.M.S. Beagle (1831-36), cuando Darwin descubrió la evidencia de la distribución geográfica de los animales –y en particular, en las islas Galápagos– que le convencieron de la evolución. A su vuelta a Inglaterra, buscó un mecanismo por el que pudiese adaptar las poblaciones aisladas a su entorno. Estudió la reproducción animal, y se dio cuenta de que se formaban nuevas variedades cuando los individuos que habían nacido con ligeras variaciones en la dirección de un carácter deseado eran los que se seleccionaban para la reproducción. Al leer el trabajo de Thomas Malthus sobre la expansión de la población, Darwin vio que el crecimiento de la población podría llevar a una lucha por la existencia en la que los individuos más fuertes (es decir, los mejor adaptados) sobrevivirían y se reproducirían, mejorando así dicho carácter en todas las especies.

Charles Robert Darwin

Charles Robert Darwin

Darwin trabajó en esta idea mientras se ganaba una reputación a través de publicaciones sobre geología e historia natural. Allá por el año 1858, Darwin tenía previsto escribir un libro sobre la evolución y muchos naturalistas sabían que estaba interesado en ese tema (motivo por el cual Wallace le envió su artículo para su publicación). Al igual que Darwin, el estudio de la distribución geográfica le llevó a Wallace a la evolución. Había hecho una expedición a Sudamérica en 1848-52 y partió para el archipiélago malayo (la actual Indonesia) en 1854. Todavía se encontraba en el Extremo Oriente en 1858 cuando también leyó a Malthus y concibió la idea de la selección natural, y escribió en un breve artículo que envió a Darwin. Darwin temió que le hubiesen «robado su primicia» y puso en marcha los acuerdos arriba mencionados, que hicieron que se leyeran los textos conjuntos ante la Sociedad Linneana. Aunque Wallace fue el primero en preparar una publicación sobre dicho tema, lo hizo veinte años después de Darwin, quien por entonces, había reunido una inmensa cantidad de pruebas que apoyaban su teoría. Wallace no estaba claramente en situación de escribir un informe con autoridad suficiente equivalente a El origen de las especies. Asimismo, había diferencias sustanciales entre la teoría que desarrolló Darwin y la que redactó apresuradamente Wallace en 1858. Por aquel entonces, Wallace prestó poca atención a la lucha por la existencia entre los individuos y se centró, en su lugar, en la competición entre variedades o lo que llamaríamos «subespecies». No hizo uso de lo que Darwin veía como una analogía clave: el paralelismo entre la selección natural y la selección artificial practicada por los criadores de animales. De hecho, fue escéptico con el valor de esta analogía durante toda su vida. Una vez que Wallace volvió a Gran Bretaña en 1862, los dos naturalistas debatieron la teoría mediante cartas y publicaciones, hasta que Darwin murió en 1882. Mantuvieron una relación de amistad y –de una manera significativa– a Wallace no le importó utilizar el término «darwinismo» para referirse a la teoría de la selección natural. Al menos, él no pensó que se le había tratado injustamente.

De este modo, pretender que Wallace merezca el mismo reconocimiento por el descubrimiento de la teoría de la selección natural es una equivocación. En vez de intentar utilizar a Wallace para bajar a Darwin de su pedestal, conseguiríamos que obtuviese un mayor reconocimiento si nos centrásemos, en su lugar, en sus muchos logros científicos. Entre ellos se encuentran abundantes contribuciones importantes a nuestro entendimiento de cómo funciona la evolución por la selección natural. Wallace describió muchos ejemplos para mostrar cómo las variedades locales son virtualmente indistinguibles de las especies estrechamente relacionadas, centrándose en el aislamiento geográfico como la clave de una ruptura de especies dentro de un grupo de clases distintas pero relacionadas. Pronto llegó a apreciar la importancia de la competición individual y comenzó a centrarse en ello en su propio trabajo. Discutió con Darwin sobre el funcionamiento de la «selección sexual»: la teoría de Darwin basada en la idea de que la competición por la pareja es tan importante como la competición por la supervivencia. No aceptaba la afirmación de Darwin de que el plumaje elaborado de muchos pájaros machos ha sido producido por las hembras que eligen activamente aparearse preferentemente con los machos de colores más llamativos.

Alfred Russel Wallace

Alfred Russel Wallace

Al final de su vida, Wallace desarrolló ideas sobre la variación que existe entre las poblaciones superiores a la de Darwin, anticipándose al concepto moderno de «curva campana» para describir cómo la mayoría de la población se agrupa alrededor del valor medio de cualquier carácter. Donde Darwin vio las variaciones como desviaciones individuales de la norma, Wallace apreció que naturalmente existe un rango de variaciones para cada carácter dentro de una población. Wallace también rechazó todas las alternativas a la selección natural que eran muy populares por aquella época, incluida la teoría lamarckiana de la herencia de caracteres adquiridos (que incluso Darwin aceptó como suplemento a la selección natural). El lamarckismo atribuyó la evolución de los caracteres adaptativos al efecto acumulado del esfuerzo de los animales por mejorarse a sí mismos, no por la mejor oportunidad de supervivencia de aquellos que nacían, por casualidad, con variaciones útiles. Wallace insistió en que los cambios corporales producidos por el esfuerzo y el ejercicio no se podían heredar (anticipándose de hecho a la postura de los genetistas modernos). Se hizo conocido como «neodarwiniano» por estar más comprometido con la teoría de la selección que el propio Darwin.

Wallace también realizó un trabajo fundamental en otros temas relacionados con la evolución, incluido un estudio mundial de biogeografía basado en la coordinación de su propio trabajo con el de otros muchos naturalistas. A la línea divisoria de las faunas asiática y australiana que se encuentra en la actual Indonesia, todavía se le llama «línea de Wallace», porque no sólo estableció su posición (entre las islas de Bali y Lombok), sino que también explicó porqué estaba allí (debido a que el estrecho entre aquellas islas es tan profundo que siguió siendo una barrera para la migración, incluso cuando los océanos estaban más bajos durante las edades de hielo). De manera más general, los libros de Wallace, La distribución geográfica de los animales, de 1876 e Island Life (Vida insular) de 1880, proporcionaron un resumen comprensivo de las principales regiones de la fauna, que explicó por medio de los orígenes evolutivos y las migraciones subsiguientes de los distintos grupos de animales. Pensó que los avances más evolutivos se habían producido en las regiones del norte, desde donde las especies habían expandido su territorio «invadiendo» las regiones más al sur, a menudo desplazando a los habitantes que allí se encontraban. El trabajo de Wallace inspiró a una generación entera de investigadores que trataron de explicar la geografía de la vida en términos evolutivos.

De este modo, Wallace tiene derecho sustancial a ser recordado como un científico, incluso si limitamos la importancia del primer informe que escribió apresuradamente sobre la selección natural. Pero si nos fijamos en su vida y su carrera más detenidamente, es fácil ver por qué no obtuvo el mismo grado de prominencia que Darwin en vida. Darwin procedía de una familia acaudalada e interactuó sin problemas con la élite científica del momento. De hecho, ya había creado un cuerpo sustancial de publicaciones antes de escribir El origen de las especies. Wallace procedía de una familia pobre y le consideraron siempre un poco advenedizo. No tuvo ninguna formación científica formal y comenzó su vida laboral como topógrafo. Financió sus expediciones al extranjero vendiendo los especimenes de animales exóticos con los que se hacía. Cuando concibió la idea de selección natural todavía era relativamente desconocido, ya que había estado fuera durante más de una década.

Las creencias y los valores más abiertos de Wallace reflejan sus orígenes humildes y, en muchos aspectos, le hacen una figura que inspira más simpatía que Darwin al lector moderno. Era un socialista cuando esta ideología aún se percibía como un radicalismo peligroso, y rechazó la filosofía materialista que rápidamente se asoció al darwinismo en la opinión pública. Pronto abandonó la suposición, tan común entre sus compatriotas europeos, de que la raza blanca era intelectual y moralmente superior a las otras. Incluso sus ideas a menudo le llevaron a la excentricidad, si se definen por estándares contemporáneos o modernos. Llamó a la nacionalización del país (es decir, que todo el país perteneciera al estado en vez de a individuos privados), se opuso a la vacuna de la viruela y quedó en ridículo al verse implicado en un juicio con un defensor de la teoría de la tierra plana. En parte por estas actividades, siempre fue tratado como un advenedizo por la comunidad científica y no fue capaz de obtener un puesto profesional. Tras su vuelta a Inglaterra, vivió del dinero que ganaba escribiendo y corrigiendo los escritos de investigación de los cursos que impartían otros científicos. Finalmente, Darwin dirigió una campaña para hacer que Wallace consiguiera una pequeña pensión del gobierno y esto le permitió vivir cómodamente ya en su vejez.

Es en su visión de la religión donde vemos la humanidad –y excentricidad– de Wallace con mayor claridad. Aunque durante muchos años insistió en que la selección natural era el único mecanismo de la evolución animal, no era un materialista. Siempre creyó que la naturaleza era el producto de una inteligencia sobrenatural que había creado el universo para alcanzar un fin moral a través de la aparición y la perfección de la humanidad. Por lo visto, fue capaz de reconciliar su postura con su afirmación de que la selección natural era el único mecanismo de evolución animal. Pero a finales de la década de los sesenta, ya albergaba dudas acerca de la capacidad del mecanismo de selección para explicar los orígenes de los poderes mentales y morales superiores de los humanos. Wallace expuso que todos los humanos tienen los mismos poderes mentales, aunque en algunas sociedades no se utilicen (se creía que muchas razas «salvajes» apenas podían contar; aunque, según Wallace, tenían las mismas capacidades matemáticas que las demás razas). Suponiendo que los «salvajes» modernos viviesen un estilo de vida similar al de nuestros primitivos ancestros, la selección natural sería incapaz de desarrollar esos poderes superiores en nuestros ancestros, porque sólo puede actuar sobre las facultades que se usan realmente. No se pueden anticipar las necesidades futuras. Por lo tanto, Wallace defendió que algún poder sobrenatural debía haber intervenido en las últimas etapas de la evolución humana para producir los poderes mentales y espirituales superiores de los que depende la civilización y la cultura modernas.

No hace falta decir que Darwin –cuyo libro El origen del hombre, de 1871, exponía el caso de la evolución natural de los humanos modernos– se sentía decepcionado por la deserción de Wallace de la postura naturalista. La mayoría de los otros darwinianos se sentían enojados de modo parecido, aunque las reservas de Wallace eran compartidas por una importante minoría de intelectuales de la época. Puede ser significativo que fuera a estas alturas de su carrera cuando desarrolló sentimientos religiosos que le llevaron a prestar gran interés al espiritualismo. De hecho, se convenció de que los médium espiritualistas estaban verdaderamente en contacto con las almas de los muertos. Dicha creencia socavaría claramente su entusiasmo por la teoría naturalista de que los humanos son poco más que animales altamente desarrollados. Wallace estaba convencido de que nuestras facultades superiores estaban vinculadas a la posesión de un alma inmortal: una postura que sólo confirmó las sospechas de muchos científicos de que ahora no llevaba el paso de la postura cada vez más materialista de la ciencia. La mayoría de los científicos pensaba que los médium espiritualistas eran, sin lugar a dudas, farsantes, y que aquellos que se dejaban engañar por los mismos habían perdido los poderes críticos necesarios para la observación científica.

Hacia el final de su vida, Wallace entró en el debate sobre la posibilidad de vida extraterrestre. Éste fue el período en el que las observaciones de los supuestos «canales» en Marte llevaron a mucha especulación sobre la posibilidad de vida en otros planetas. Wallace insistió en que no existían pruebas de que hubiese extraterrestres y defendió con fundamentos astronómicos un tanto dudosos que la Tierra era, con toda seguridad, el único planeta en el universo en el que se podían haber desarrollado formas de vida superiores. En su último libro, El mundo de la vida, de 1911, abandonó su visión anterior de que la evolución de los animales hasta el nivel de nuestros ancestros prehumanos se produjo únicamente por selección natural. Ahora parece que creía que había habido intervenciones sobrenaturales en numerosos puntos del avance de la vida, cada una encaminando el curso de la evolución en la dirección que indica la humanidad. Para Wallace, la humanidad era verdaderamente un producto exclusivo del plan divino que ha dirigido toda la historia de la vida en la Tierra. “Es nuestro deber moral hacer todo lo que esté en nuestras manos para avanzar en el progreso social de la raza con el fin de alcanzar el objetivo que el Creador nos ha marcado”. De este modo, Wallace anticipó una postura que se ha hecho común y corriente entre los creyentes religiosos modernos que están preparados para aceptar la idea general de evolución.

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Peter J. Bowler. Profesor emérito de Historia de la Ciencia de la Queen´s University de Belfast. Miembro de la British Academy, de la Royal Irish Academy y de la American Association for the Advancement of Science. Fue presidente de la British Society for the History of Science de 2003 a 2005. Es doctor por la Universidad de Toronto y ha impartido docencia en Canadá, Malasia y Reino Unido. Ha publicado un gran número de libros y estudios sobre historia de la biología.

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por CIC Network


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