“Divulgación científica y democracia en el siglo XXI” por Félix Ares

Ares

Este texto de Félix Ares apareció originalmente en el número 1 de la revista CIC Network (2007) y lo reproducimos en su integridad por su interés.

Democracia de portal

Desde hace algunos años, es bastante habitual que en las asambleas de copropietarios se hable de la posibilidad de instalar una antena de telefonía móvil en el edificio. Para las empresas de telefonía es cada vez más difícil obtener un permiso de instalación, pues siempre hay algún vecino que dice que las “radiaciones” de las antenas producen leucemia, insomnio o dolores de cabeza.

Alguna vez he hablado, en plan informal, con alguno de mis vecinos del hecho de que dichas “radiaciones” no son ni más ni menos que señal electromagnética, de la misma naturaleza que las ondas de radio, televisión, o la propia luz. He tratado de explicarles que la diferencia radica en la frecuencia. La radio tiene muy poca frecuencia, lo que significa muy poca energía; los teléfonos móviles, un poco más, y la luz, millones de veces más. Algunas veces les he dado las cifras aproximadas: la telefonía móvil está en el rango de los 2 GHz, y la luz violeta, la más energética, en el de los 700 THz; es decir, la luz violeta es 300.000 veces más energética que los teléfonos móviles. Después les he contado que, hasta donde yo sabía, el cáncer debido a las ondas electromagnéticas se inicia por daños en la molécula del DNA; pero, para que dicho daño se produzca, cada fotón debe superar determinada energía mínima. El umbral se encuentra, aproximadamente, en la luz violeta. Es decir: la luz ultravioleta, natural, que recibimos del sol, puede producir cáncer, pero la de los teléfonos, no. Al menos, no sabemos cuál es el mecanismo. Por otro lado, les he explicado que se han hecho muchos estudios epidemiológicos sin resultados concluyentes, lo que significa que si hay alguna relación entre antenas de móviles y cáncer, por un mecanismo desconocido, debe ser muy débil, pues, en caso contrario, ya se habría detectado.

Con esto creía que lo habría dejado bastante claro, pero hete aquí que, durante el año 2005, con motivo del centenario de la publicación de los cinco artículos de Einstein (que incluían el efecto fotoeléctrico, la relatividad, e=mc2…) conté muchas veces el efecto fotoeléctrico. Lo hice por varios motivos: el primero, porque fue por lo que dieron el Premio Nobel a Einstein; el segundo, porque creo que de todos sus trabajos es el que más ha influido en la vida cotidiana; y tercero, porque descubrí que era más fácil explicar la relatividad especial y la general a partir de dicho efecto que de cualquier otra forma.

Cuando conté lo de que la luz se comporta como una partícula (fotón) cuya energía depende de la frecuencia y que para romper una molécula de DNA se necesita una energía mínima, uno de mis vecinos —que venía a mis charlas— me volvió a hablar de las famosas antenas que nos querían poner en nuestro edificio… Charlando, charlando, en un momento determinado le dije que los teléfonos móviles se comunicaban con las antenas por radio, lo mismo que los walkie-talkies, y que la única diferencia era la frecuencia. Entonces, aquella persona, se me quedó mirando y me dijo: “¿Por radio? ¡Pues no se me había ocurrido!”.

Intenté contarle que no era exactamente por radio, pues a la frecuencia a la que emiten los teléfonos no se le llama radio sino microondas, pero que es una señal del mismo tipo. Pero eso no era el problema. Para mí, la sorpresa fue descubrir que esa persona, culta, que cada quince días acudía a mis tertulias, se había extrañado enormemente al saber que los móviles funcionaban con una señal similar a la de radio. A partir de ese momento me hice un montón de reflexiones: ¿Cómo pensaría esa persona que se comunicaba cuando hablaba con su móvil?, ¿por telepatía?, ¿magia?…

Unos días después, se lo conté a uno de los taxistas que habitualmente me llevan de viaje. Al hacerlo, noté que se iba quedando callado, y en un momento determinado me dijo algo así como “claro, usamos los aparatos sin preguntarnos cómo funcionan”. Mi conclusión es que aquel taxista, culto, lector infatigable… jamás se había preguntado cómo se realizaba la comunicación. Lo de que era mediante una señal similar a la radio fue una sorpresa para él, como para mi vecino.

El desconocimiento de estas dos personas —a las que tengo mucho cariño— no impide que en la reunión de vecinos voten sobre las antenas. Y pueden cargarse una tecnología y las ventajas que supone, los puestos de trabajo, el aumento de productividad, el aumento de seguridad… simplemente por ignorancia sobre temas elementales de ciencia. 

La gran ciencia 

En 2006, en una emisora de radio con la que colaboraba habitualmente tuve un debate con el presidente de una organización contraria a la investigación con células madre.

Creo que se puede estar a favor o en contra por diversos motivos, todos dignos y respetables, pero en aquella ocasión me encontré con una gran sorpresa.

Tras un diálogo de besugos, yo hablé de Dolly y expliqué que a un óvulo se le había quitado el núcleo y se le había introducido otro núcleo de una célula adulta. Dije, asimismo, que no entendía por qué cuando se hacen cosas similares con una célula no pasa nada y casi nadie pone reparos. Sin embargo, en cuanto aparece un óvulo o un espermatozoide, se arma la marimorena. Entonces empezó aquel diálogo que tanto me desconcertó: “Pues la diferencia está clara —me dijo—; es que con el óvulo tenemos un ser vivo. Un ser vivo —recalcó— con todo el código genético de un ser humano”. “Claro, —le dije— exactamente lo mismo que ocurre cuando se hace un cultivo de piel para los grandes quemados. Se coge una célula de su epidermis y se cultiva en placas de Petri. Esa célula es un ser vivo que tiene todo el código de un ser humano. Si se trata de una célula mía, tiene todo mi código genético”.

Entonces, me empezó a decir algo así como que estaba equivocado, que una célula de la piel no era un ser vivo y que no tenía todo el código genético. Y poco después se descolgó diciéndome algo de que “se trataba de hacer clones”. Allí salió la palabra maldita, “clones”. Fotocopias de personas. Mutantes. Entonces le dije que en el ejemplo que ponía de la piel, cuando se cogía una célula —que era un ser vivo con todo el código genético humano— se cultivaba y se reproducía para formar una piel artificial, cada nueva célula era un clon de la anterior; un clon con todo el código genético humano.

No se lo creyó, y el programa terminó cuando él expresaba la idea de que tan sólo era un ser vivo y tenía el código genético de un ser humano si se trataba de un óvulo o un espermatozoide.

Como ya he señalado antes, me parece que se puede estar en contra de la investigación con células madre embrionarias por muchos motivos dignos. Motivos que no comparto, pero, al fin de cuentas, respetables. Lo que me sorprendió es que el presidente de una de las asociaciones más vociferantes y que más cobertura mediática tienen no sabía lo que era un ser vivo, no sabía que cada célula del cuerpo humano tenía todo el código genético, y no sabía que cuando una célula se duplica se hace un clon de la misma.

Toda una línea de investigación de gran ciencia se puede paralizar, como de hecho ha sucedido, por la ignorancia de los votantes sobre temas de ciencia básica. 

¿Soluciones? 

En esta misma revista, algunos científicos han defendido que son ellos y nadie más los que deben —debemos— controlar la ciencia. Sinceramente, discrepo.

Para empezar, la investigación científica está pagada en gran parte por dinero que sale de los impuestos, de mis impuestos, y, por tanto, me considero con derecho a controlar lo que se hace con ese dinero. Por otra parte, muchas investigaciones científicas implican un alto riesgo. La percepción del riesgo es algo muy personal. Lo que para unas personas es asumible, para otras no lo es. Y no debe ser el científico el que decida en nombre de toda la sociedad qué riesgo es asumible y cuál no. Esa decisión corresponde a toda la sociedad, lo que no impide que la sociedad pueda delegar dicha potestad en un grupo de científicos. Pero delegación no significa pérdida de control.

La única forma que conozco de que la sociedad exprese sus decisiones es mediante la democracia.

El problema que se plantea es que, hoy en día, a través de nuestros votos, debemos decidir sobre infinidad de cosas que influyen en el desarrollo de la ciencia. Por poner tan sólo unos ejemplos: ¿Qué tipo de energía necesitamos?, ¿hay que replantearse las centrales nucleares?, ¿hay que apoyar decididamente las de cuarta generación?, ¿investigamos con embriones o no?, ¿cómo vamos a conseguir agua potable?, ¿ponemos antenas en nuestros tejados, o acabamos con los móviles?, ¿permitimos alimentos transgénicos, o no?, ¿qué controles exigimos a las medicinas para salir al mercado?, ¿cómo analizamos los posibles problemas de la nanotecnología?, ¿si hacemos robots autónomos que ayuden a los ancianos, quién decide qué sistemas de seguridad deben tener?, ¿quién decide si el dinero público se va a utilizar para investigar sobre nuevas vacunas o sobre cómo hacer mascotas transgénicas?…

Cada día que pasa es más evidente que nuestra salud, nuestra calidad y duración de vida, nuestros puestos de trabajo… dependen de la ciencia y de la tecnología. Y continuamente debemos adoptar decisiones, democráticamente, sobre todos estos temas: a veces, en la reunión de vecinos; otras, en un referéndum nacional; otras, en uno europeo…

Creo que así debe ser. Somos los ciudadanos —científicos y no científicos— los que debemos tomar las riendas; pero, para ello, es imprescindible que tengamos unos conocimientos básicos que eviten que nos den gato por liebre; que nos permitan hacernos una idea de los riegos reales; que nos enseñen que sin un cierto grado de riesgo la sociedad se paraliza; que sin riesgo no hay avance, pero que dicho riesgo debe ser valorado y consensuado democráticamente.

En resumen, que debemos divulgar la ciencia para que la democracia en el siglo XXI tenga sentido.

Félix Ares ha sido, hasta su jubilación en 2012, asesor científico de Eureka! Zientzia Museoa (antes Kutxaespacio), director de Relaciones con el Sistema Educativo de Kutxa, escritor y divulgador científico, además de profesor de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) en el Área de Arquitectura y Tecnología de Computadores. Doctor en informática e ingeniero de telecomunicación. 

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por CIC Network


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