Archivo mensual: octubre 2011

¿Por qué somos supersticiosos?

Autora: Helena Matute, catedrática de psicología experimental (Universidad de Deusto)

El 13% de los europeos cree en los horóscopos, el 34% cree que la homeopatía es una buena práctica científica (European Comission, 2005), y son muy pocos los deportistas o estudiantes que se atreverían a enfrentarse a una prueba clasificatoria sin llevar consigo la prenda o pulsera de la suerte. Son solo algunos ejemplos pero nos ayudan a hacernos una idea del impacto de la superstición en la sociedad actual. ¿Por qué seguimos siendo tan supersticiosos?

La tendencia humana hacia la superstición es tan antigua como nuestra propia especie. Basta pensar en las antiguas danzas de la lluvia, por poner un ejemplo del que todos hemos oído hablar. Cuando algo como la lluvia, absolutamente necesario para la supervivencia, nos faltaba, y además estaba fuera de nuestro control, tratábamos de conseguirlo por todos los medios disponibles, incluso bailando. Después llovía (antes o después siempre lo hace), y esta “coincidencia” reforzaba nuestra superstición, luego seguíamos bailando. Parece una tontería pero la cuestión crucial es precisamente esa: atreverse a poner a prueba qué pasará si no bailamos, qué pasará si no compramos el brebaje, qué pasará si… Lo que ocurre es que normalmente no estamos dispuestos a probarlo, seguimos bailando, y reforzando la creencia supersticiosa hasta que algo, o alguien, o la evidencia acumulada durante mucho tiempo, nos obliga a aceptar lo contrario. Numerosas decisiones vitales relacionadas con la salud personal, la economía, la educación, o la elección de pareja se basan en creencias supersticiosas (aquellas en las que el individuo cree ver una relación de causa-efecto que sin embargo no existe) y en creencias pseudocientíficas (aquellas que pretenden ser científicas pero que no cuentan con evidencia empírica que las avale).

Cualquiera que se haya preocupado un poco por los orígenes y la evolución de la superstición se ha tenido que encontrar con una contradicción. Si la superstición es tan mala y perniciosa como aparenta, ¿cómo es posible que la selección natural no se haya ocupado aún de ella? Probablemente debemos recordar antes que nada que no ha habido aún tiempo para ello, nuestro cerebro se ha fraguado en las cavernas y creer en la brujería y en las plantas milagrosas cuando no existía aún la medicina científica era lo mejor, en realidad lo único, que podía hacerse para sobrevivir. Pero lo cierto es que nuestra corta historia evolutiva no es el único motivo por el que seguimos siendo supersticiosos. Intentando contestar a esta pregunta lo primero que nos damos cuenta es que normalmente la estamos planteamos mal. La pregunta correcta no es ¿qué es lo que falla en la evolución para que la superstición, que es tan mala, siga estando hoy en día tan extendida? Sino: sabiendo que la superstición está extendida, ¿qué es lo que ha hecho que en el pasado los individuos supersticiosos hayan tenido más oportunidades de supervivencia (o al menos las mismas) que los no supersticiosos? Dicho de otra forma, ¿cuál es el valor adaptativo de la superstición? ¿Para qué nos sirve?

Hay muchas razones por las que la evolución no se ha ocupado de extinguir el comportamiento supersticioso, y no vamos a poder adentrarnos aquí en todas ellas, pero sí podemos esbozar alguna de las más importantes: ¿se imaginan por un momento a nuestros antepasados de Atapuerca decidiendo que mientras no supieran a qué se debía realmente la lluvia no iban a hacer nada por conseguirla, que se iban a dedicar a observar el cielo y que hasta que pudieran desarrollar una ciencia completa de la meteorología, con la adecuada capacidad predictiva, no iban a hacer nada? Habría sido realmente para matarlos. Sí, sin duda se habría encargado la evolución de matarlos. Sería imposible haber llegado a donde estamos ahora si aquellos antepasados nuestros no hubieran sido más ilusos de lo que mandan los cánones de la racionalidad. Seguro que les resultó mucho más fructífero y productivo (a ellos, pero también a nosotros, que aquí estamos) comenzar a hacer cosas a diestro y siniestro y observar el resultado, aún a riesgo de equivocarse y de mantener determinadas supersticiones basadas en coincidencias hasta que encontraran una explicación mejor. Aquellas acciones que no fueran seguidas por el resultado deseado serían abandonadas. Aquellas que fueran seguidas por el resultado deseado serían reforzadas y se repetirían en el futuro. No importaba que la coincidencia fuera fortuita, o supersticiosa. Era algo por dónde empezar. Incluso podrían transmitirse esos hallazgos de padres a hijos. Es así como funciona nuestro cerebro, es puro aprendizaje. Es perfecto. Ya corregiremos después los posibles errores, pero por el momento, avancemos, no nos paremos. No podemos quedarnos parados porque si hay una sola oportunidad de supervivencia necesitamos aprovecharla. La superstición es un mecanismo perfecto para asegurar nuestra persistencia conductual. ¡Sigue buscando soluciones, no te pares! Si hay una sola oportunidad de conseguir el resultado deseado (comida, cobijo, poder, lluvia…) es mucho más probable que lo logremos haciendo algo que quedándonos parados. Y si hacemos algo, las probabilidades de que haya coincidencias aumentan. Y con ellas aumentan automáticamente nuestras intuiciones causales (a menudo ilusorias), que nos animan a seguir activos.

En cualquier caso, otro día comentaremos cuáles son los peligros de todo esto, porque una cosa es explicar los motivos por los que somos supersticiosos, y otra, muy diferente, es afirmar que la superstición siga siendo buena a día de hoy…

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Referencia: European Comission (2005): Special Eurobarometer 224: Europeans, science and technology.

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Jugar a ser dios

Autor: Jose Luís Ferreira (@JL_Ferr), profesor del Departamento de Economía (Universidad Carlos III) y autor del blog Todo lo que sea verdad

Podemos clonar animales, podemos crear artificialmente una molécula de ADN, podemos hacer plantas y animales transgénicos. Incluso hay gente transgénica andando entre nosotros. ¿Debemos sentir esperanza o miedo ante estos avances? Desde luego, lo que sí sentimos fácilmente es vértigo ante la incertidumbre de saber a dónde nos pueden conducir.

Hay que tener cuidado con las consecuencias éticas de manejar la vida. Pero esto se aplica tanto a la investigación genética como a la investigación sobre cualquier enfermedad, a los protocolos de trasplante de órganos, a los riesgos que asumimos en todos los aspectos de nuestra vida y a los que exponemos a los demás.

No afirmo que todos los problemas sean iguales ni presenten los mismos tipos de decisiones, pero sí que nos enfrentaremos a las decisiones derivadas de los avances en genética tarde o temprano, y que es mejor estar preparados para cuando eso ocurra. Eso se logra conociendo el tema de que se trata e investigándolo en la comunidad científica de manera abierta.

Limitar la investigación genética supondrá restringir el conocimiento científico sobre ella, lo que implicará que, cuando se consigan avances (por los que sí han investigado, tal vez clandestinamente), estaremos en una situación en la que un grupo de gente pueda tener un descubrimiento científico en su mano y el resto de la humanidad no estar en disposición de entender su alcance ni de poder encauzar las políticas sobre su uso.

¿Cuáles son los peligros? ¿Manejar los descubrimientos de manera inmoral? A pesar de todos los problemas asociados al uso de la tecnología militar y de algunas drogas, por poner un par de ejemplos basados en descubrimientos científicos, la tendencia (hasta ahora, claro) es que un mayor nivel de conocimientos científicos hacen una sociedad más justa, más saludable, más pacífica y donde es más fácil ser persona.

¿Hay alguna restricción a que no se debe investigar según qué cosas porque son patrimonio del alma y el alma solo es de dios? Eso es prejuicio.

¿Es el problema tomar decisiones sobre la vida y la muerte que competen a dios? Como antes, esto es prejuicio. En las sociedades abiertas y democráticas se toman decisiones de este tipo constantemente, y en mejor manera que en cualquier otro tipo de sociedad.

¿Es el problema la posibilidad de crear un monstruo, una situación que se nos escape de las manos y, por ejemplo, tener que tomar decisiones que hubiéramos no querido tener que tomar? Nunca se sabe. Era concebible (todavía lo es) que la investigación sobre la física nuclear hubiera hecho fácil la fabricación de armas nucleares y que a estas alturas se hubieran usado en infinidad de guerras. No ha sido el caso. La razón es que no era tan fácil hacer tales armas y que la destrucción posible con esas armas es tan grande que su uso obliga a una gran responsabilidad para cualquier estado que la tenga.

La investigación genética no parece que vaya a tener esos problemas. Tendrá otros. Uno concebible es que unos seres humanos tengan acceso a mejoras genéticas y otros no, y que en la raza humana haya seres con genes superiores a otros. Esto pasa ya, claro está, de manera natural, pero es bastante aleatorio entre todo tipo de grupos humanos. El problema de la manipulación genética es que la división entre buenos y malos genes no sea aleatoria y esté bien determinada (los ricos, los de tales países,…).

La mayor investigación y la mejor diseminación de la investigación y de la tecnología asociada hacen que este problema concebible sea menor, no mayor. Por eso no deben poder patentarse ni estos descubrimientos ni sus tecnologías asociadas.

¿Somos aprendices de brujo? Tal vez, es lo que tiene ser curiosos y querer progresar. La alternativa a decidir nosotros es que decida la naturaleza, completamente indiferente a los avatares humanos. ¿Por qué alguien lo llama jugar a ser dios? ¿Qué significa eso?


Escépticos y dogmáticos

Según Diógenes Laercio (Vidas de los filósofos ilustres, I-16) existían básicamente dos tipos de filósofos en el mundo helénico: los dogmáticos y los escépticos. Los dogmáticos eran aquellos que “se expresan sobre las cosas como si fueran comprensibles”. En constrate, los escépticos antiguos negaban que podamos comprender la verdad y, mediante el empleo de la retórica y de la oratoria, aparentemente mostraban que la razón humana era capaz de defender un mismo “dogma” y el contrario. Este método escéptico acarreó la expulsión de los filósofos griegos de Roma en el siglo II d.C, acusados de pervertir a la juventud, después de que el escéptico Carnéades defendiera en dos discursos sucesivos ante los jóvenes romanos la importancia de la justicia y… de la injusticia. En la tradición islámica, el escepticismo está ligado al declive de la misma filosofía, una vez que se impusieran las tesis de Al-Gazhali contra “la incoherencia de los filósofos” en el siglo XII de nuestra era.

La historia de la duda y el escepticismo es apasionante, profunda, compleja, y poco conocida fuera de un diminuto grupo de especialistas que no siempre trabajan en la universidad, y no es posible hacerla justicia en este post. Lo que sí es imprescindible destacar aquí es el importante giro en el significado de “dogma” y de “dogmático” debido a la influencia de la teología cristiana. En su libro sobre la crisis de la ciencia en la sociedad contemporánea, el periodista científico Carlos Elías [*] explica que las oposiciones populares entre escépticos y dogmáticos, y el estereotipo negativo asociado con el dogmatismo surgen, en realidad, del desconocimiento de la tradición:

Por una serie de derivaciones históricas y filosóficas que exceden el contenido de este libro, la Iglesia católica realizó una traducción muy libre del término griego dogma. Para la Iglesia, dogma identifica aquellos postulados que deben ser creídos sólo porque así lo ordena la autoridad eclesiástica. Por tanto, jamás deben ser sometidos a debate, a examen, a demostración empírica o a cualquier variante de pensamiento racional. Dogma, para la Iglesia, es una verdad absoluta revelada por Dios que no es susceptible de ser discutida. A partir de aquí, el adjetivo dogmático adquiere connotaciones -al menos par la población con escasos conocimientos de filosofía- relacionadas con la superstición, la intransigencia, religión, irracionalidad, autoritarismo e, incluso, pedantería. Como antónimos de dogmático o dogmatismo tenemos flexibilidad, escéptico, sencillo e incluso racional o científico.

Probablemente los “escépticos” más distinguidos de la cultura científica contemporánea serían reconocidos en el mundo antiguo como filósofos dogmáticos. Para poner algunos ejemplos de sobra conocidos, Carl Sagan, Richard Dawkins, o James Randi son escépticos con respecto a la astrología, el creacionismo o la parapsicología, pero ninguno ha cuestionado nunca la capacidad de la ciencia natural para alcanzar juicios (“dogmas” en el sentido originario) verdaderos. Bien al contrario, son justo estos “dogmas” y teorías los que les permiten desmarcarse rigurosamente de las opiniones pseudocientíficas.

De hecho, este moderno “escepticismo cientifico”, caracterizado por su intolerancia dogmática contra las pseudociencias y las supersticiones (desde luego los científicos deben mostrarse a su vez tolerantes con las hipótesis razonables y contrastables) no deriva únicamente de los filósofos dogmáticos griegos, también es deudor de los teólogos dogmáticos cristianos que lucharon abiertamente, a diferencia de los filósofos antiguos, contra la pseudociencia y la superstición. Esto no es asombroso, considerando las raíces históricas religiosas en las que arraiga la tradición científica occidental. En efecto, los politeístas griegos o romanos eran mucho más tolerantes con las supersticiones que los monoteístas judíos y cristianos, cuya tradición prohibía expresamente las después llamadas “pseudociencias” como verdaderas abominaciones (Deuteronomio, 18, 9-12). No debe olvidarse que, en un principio, la lucha contra la magia (especialmente contra la magia “negra” a la que se atribuía un origen demoníaco) y las supersticiones paganas poseía una razón teológica muy alejada del racionalismo. Agustín de Hipona, por otra parte el gran ideólogo de la inquisición, se reía con Cicerón de los augures, y se burlaba de la “turbamulta de dioses” romanos, a cuya adoración culpaba de la decadencia del imperio. Sobre la astrología escribía (La ciudad de Dios, V-I):

¿Qué posibilidad se le deja a Dios, dueño de los astros y de los hombres, para juzgar los actos humanos, sometidos a la fatalidad astral? “No son las estrellas -dirán, quizás- quienes deciden a su arbitrio tales acontecimientos, con el poder recibido, naturalmente, el Dios supremo, ellas no hacen más que cumplir puntualmente las órdenes divinas al tomar esas fatales determinaciones.” En este caso ¿habrá que atribuir al mismo Dios lo que nos pareció indigno de la voluntad de las estrellas? (…) Concedamos que no hablan con propiedad y que deberían tomar de los filósofos su lenguaje a la hora de predecir lo que creen encontrar en las posiciones astrales: ¿Qué es lo que sucede, que nunca han podido explicar por qué en la vida de los mellizos hay tal diversidad en sus actos y sus resultados, en sus habilidades, en los honores recibidos y demás circunstancias de la vida humana, incluso en la misma muerte, hasta el punto de que se encuentran casos mucho más parecidos en este aspecto entre extraños que entre los mismos gemelos, separados al nacer por un insignificante espacio de tiempo, y concebidos los dos en un mismo instante, por un sólo acto de sus padres?

La intolerancia de los teólogos contra las supersticiones aumentó dramáticamente a partir del siglo XVI, sobre todo a causa de la reforma protestante, asfaltándose el camino hacia lo que mas tarde se llamaría “secularización” y “desencantamiento”. Con su insistencia en una sociedad racionalmente organizada, basada en una piedad austera y menos sacramental, la cultura reformada fué haciéndose cada vez más intransigente contra las formas consideradas “entusiastas” e irracionales de religiosidad (de ahí que las más histéricas cazas de brujas prendieran preferentemente en los países protestantes del norte, mucho más intolerantes con la irracionalidad que los católicos). Como explica Charles Taylor, y en su momento se lamentaban los críticos católicos, el “deísmo providencial” protestante contribuyó (aunque no de forma intencional) al desarrolló del racionalismo, del naturalismo y aún de la impiedad, en mayor medida quizás que los naturalistas griegos, vindicados a partir del renacimiento, y aún más que el desarrollo de la misma ciencia moderna experimental con su promesa de ir plus ultra de la ciencia y mentalidad medievales.

Si examinamos la historia de la ideas, no debe llevar a escándalo que los escépticos modernos también les deban cosas a los dogmáticos griegos, a los teólogos, y aún a los inquisidores cristianos, antes que a los “verdaderos” escépticos antiguos. También es un hechos conocido que la astronomía científica procede en buena medida de la astrología, o la química científica de la alquimia, sin que nadie informado se rasgue las vestiduras ni se le ocurra equiparar el laboratorio de un alquimista con las instalaciones del CERN.

[*] Elias. C. 2008. La razón estrangulada. La crisis de la ciencia en la sociedad contemporánea. Debate

Sobre el autor: Eduardo Robredo Zugasti (@iPhysicalism), es licenciado en Filosofía y autor del blog La revolución naturalista


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