Elogio de la teoría

Autor: Daniel Innerarity, Catedrático de Filosofía, Investigador Ikerbasque, Director del Instituto de Gobernanza Democrática (GLOBERNANCE)

La astronomía y la filosofía tienen en común una tendencia a mirar hacia arriba y sufren también en común un desprecio hacia actividades tan poco “realistas” como dedicarse a la teoría. No deja de llamarme la atención el hecho de que uno de los primeros documentos de la historia de la filosofía sea un relato en el que un filósofo-astrónomo hace el ridículo. ¿Qué otra ciencia comienza su particular hagiografía con un suceso en el que unos de sus héroes no queda nada bien?

Nos lo transmite Platón: “Se cuenta de Tales que mientras se ocupaba de observar la cúpula celeste y miraba hacia arriba se cayó en un pozo. De lo cual se rió una graciosa y bella esclava tracia a la vez que le decía: «Quieres saber con verdadera pasión qué es lo que hay en el cielo pero no ves lo que hay a tus pies delante de tus narices.»

La figura del sabio que pierde el pie y se estrella contra la realidad inmediata es una vieja imagen en la que se han regodeado todas las culturas que guardan un reverencial respeto hacia el teórico, pero le desprecian en la vida práctica. A lo largo de los siglos se ha ido formando el estereotipo del despistado, alejado de la vida pública y de las destrezas de la vida cotidiana, absorto en sus elucubraciones de incierta utilidad inmediata. El encuentro entre Tales y la muchacha tracia habrá de compendiar todas las tensiones e incomprensiones entre el mundo de la vida y la teoría.

Aristóteles cuenta una anécdota para advertir que Tales no era tan tonto como parecía: “Se insultaba a Tales porque era pobre, lo que demostraba qué inútil era la filosofía. Pero también se cuenta que, gracias a sus conocimientos astronómicos, predijo una gran cosecha de aceite y, todavía en el invierno, cuando tenía un poco de dinero, se hizo con todos los lagares de Mileto y Chios. Los pudo alquilar a buen precio, pues nadie ofreció más que él. Cuando llegó el momento, hubo allí una repentina demanda. Entonces, volvió a alquilar bajo sus condiciones, ganó mucho dinero y demostró que los filósofos pueden ser ricos fácilmente si quieren, pero que éste no era su objetivo”. ¿Estaremos ante el primer gran “pelotazo” de la historia, cuyo autor no es un constructor griego sin escrúpulos sino un filósofo supuestamente despistado, pero fenicio al fin y al cabo?

Se podría interpretar toda la historia de la filosofía como un intento de vengarse de ese escarnio y mostrar que quien realmente hace el ridículo es quien desprecia la teoría. Una de las peores cosas que le pasan al que no sabe y no se inquieta por ello es, precisamente, que no tiene ni idea de hasta qué punto llega su ignorancia. Ilustrar esta situación, proporcionar la conciencia de aquello de lo que carecemos, es, a grandes rasgos, lo que Kant pretendió hacer en su filosofía crítica. Al ignorante hay que ofrecerle desde fuera la conciencia de esta ignorancia, ya que choca con una realidad con la que él es incapaz de contar. Kant se convierte en el abogado de Tales frente a la audacia de la esclava e invierte los papeles: ya no es la realidad terrenal la que nos mueve al realismo, sino la teoría del cielo, al mostrar la futilidad y pequeñez de lo inmediato.

“Las observaciones y los cálculos de la ciencia astronómica nos han enseñado muchas cosas dignas de admiración, pero lo más importante es que nos han descubierto un abismo de la ignorancia que, sin esos conocimientos, la razón humana no hubiera podido nunca imaginarse como algo tan grande”.

Hay una simpática anécdota que refiere el gran investigador alemán Alexander von Humboldt y que podría entenderse como una versión decimonónica del antiguo antagonismo entre la teoría y la vida. Se trata de un episodio que tuvo lugar durante su viaje a los Urales y al mar Caspio en 1829. Si la consideramos en su relación con el suceso de Tales, podemos observar cómo ya la ciencia se había establecido definitivamente en el mundo moderno. El informe de un policía dice así:

Hace algunos días llegó aquí un alemán llamado Humboldt, enjuto, de pequeña estatura, de aspecto insignificante, pero importante […] Aunque le recibí con el respeto que es debido, tengo que advertir que esta persona me parece sospechosa y muy peligrosa. Desde el principio no me ha gustado […] Nunca ha honrado con el respeto que se merecen a las supremas personalidades oficiales de la ciudad y se ha dedicado a conversar con polacos y otros delincuentes políticos que están bajo mi custodia. Me atrevo a informar de que no he dejado de prestar atención a estas conversaciones con delincuentes polacos, sobre todo desde que, después de hablar largamente se fue con ellos hasta la cumbre de una colina que domina la ciudad. Hasta allí transportaron una caja y sacaron de ella un instrumento que tenía el aspecto de un gran tubo que, a mí y a todo el mundo, nos parece ser un cañón. Después de haberlo fijado sobre tres patas, lo dirigió directamente a la ciudad y todos se le acercaron y miraron para ver si apuntaba correctamente. Dado que lo considero de un gran peligro para la ciudad (pues es completamente de madera) he ordenado de inmediato a la guarnición, compuesta de un suboficial y seis soldados, que apunten con sus armas hacia ese lugar, que no pierdan de vista a los alemanes y que observen sus intrigas. Si la bellaquería traidora de ese alemán confirma mis sospechas, entregaremos nuestras vidas por el Zar y la santa Rusia.

Humboldt representa aquí la posición de un teórico enfrentado a la desconfianza de la ignorancia. Lo ridículo resulta ser ahora la sospecha que muestra un funcionario de la policía imperial ante la pacífica actividad de observar el firmamento. Los papeles se invierten: el realismo pasa a ser patrimonio del teórico y el tradicional sentido común de un hombre corriente se convierte en algo risible. La venganza de la teoría se ha consumado. El mismo contraste que aparece en otro suceso similar: el pasaporte que le permitía viajar por las colonias españolas contenía la celosa advertencia de que le estaba permitido «servirse con plena libertad de sus instrumentos y realizar observaciones astronómicas en todas las posesiones españolas». ¿Desde cuándo han de darle a uno permiso los poderosos para mirar al cielo? La perplejidad ante lo nuevo toma diversas formas a lo largo de la historia, pero todas tienen el mismo tono: el sorprendido adopta un tono de soberanía sobre una realidad de cuyas dimensiones no tiene la menor idea.

No hay manera de dedicarse a la teoría sin abandonar el carril de lo acostumbrado y el contexto habitual de la utilidad. Quien así procede corre el riesgo de acabar en algún pozo, lo que le aleja de las seguridades que acompañan a la falta de reflexión. Pero esto le permite aquella distancia que resulta necesaria para dictaminar acerca de qué es lo esencial y qué carece de importancia, de separar lo necesario y lo trivial. Siempre puede haber espectadores que se sitúen fuera de la escena, que se consideren dispensados de realizar este esfuerzo. Son los observadores de un naufragio desde la segura orilla, que ríen o disfrutan de no verse afectados por la catástrofe. Por otros zares sí que arriesgarían su vida.

Quienes se dedican a la teoría, en cambio, se arriesgan por la verdad, lo cual implica hacer el ridículo no pocas veces ya que el fracaso es un compañero inevitable de la tarea de pensar.

Nota: Este texto recoge la intervención del autor en la presentación de la edición en lengua vasca del “Sidereus nuncius” (1610) de Galileo, que se celebró en el Museo San Telmo de San Sebastián, el 22 de junio.


One response to “Elogio de la teoría

  • Igor

    No dudo de que el uso de la palabra teórico esté empleada con propiedad, pero a mí me confunde, porque precisamente en las dos anecdotas narradas, tanto Tales como Humboldt estaban realizando tareas experimentales, observacionales. La parte teórica puede venir después o desarrollarse en paralelo, pero es otra fase del proceso de conocimiento. No sé si sería más apropiado referirse a estos como intelectuales, científicos, filosofos u otro término que seguro que al autor encuentra entre el acervo de nombres que identifican al tipo de persoanje que describe.

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