Archivo mensual: junio 2011

Elogio de la ciencia

Autor: Ricardo Díez Muiño, Director del Centro de Física de Materiales (CFM), Centro Mixto CSIC-UPV/EHU

No me gustaría que el título de esta entrada sonara demasiado pretencioso porque, como comprobarán, lo único que pretendo es hacer en ella un breve repaso por aquellas características que han convertido a la ciencia no sólo en herramienta de progreso, sino también en componente esencial de la cultura contemporánea.

Comenzaré por el aspecto más obvio, más evidente: la dimensión utilitaria de la ciencia. El siglo XX ha contemplado el triunfo social y económico de la ciencia y de su aplicación posterior, la tecnología. Durante el siglo XX y en esta primera década del XXI, por citar sólo algunos ejemplos, hemos sido capaces de viajar a la luna; podemos transmitir a distancia nuestra voz e imagen de forma casi instantánea; tenemos procedimientos de diagnóstico y tratamiento médicos que han mejorado de forma inimaginable nuestra salud; hemos optimizado los métodos de producción agrícola para alimentar a una población mundial cada vez mayor en número… Una consecuencia cuantificable, entre otras, de estos adelantos científico-técnicos en los países desarrollados es el aumento en la esperanza de vida. Durante siglos, la esperanza de vida media en cualquier lugar del mundo no superaba los treinta años de edad. En los últimos 150 años este índice ha crecido de forma casi exponencial. Si nuestro tiempo fuera, por ejemplo, la Inglaterra de principios del siglo XIX, en la que casi la mitad de las muertes se producían en niños menores de catorce años, muchos de los lectores de este blog habrían ya fallecido.

Además del impacto económico, la popularización de las aplicaciones de la ciencia produjo ya en la segunda mitad del siglo XIX una verdadera revolución filosófica y cultural, en la que se extendió el concepto de progreso social asociado al progreso científico, el descubrimiento de que no tenemos por qué vivir igual que nuestros padres, que podemos mejorar las condiciones de vida para nuestros hijos, en resumen, que podemos transformar la sociedad. Auguste Comte, el filósofo francés, describió este cambio como la aparición de la etapa científica de la sociedad (también llamada positiva, por la polisemia de la palabra), que sucedía a las fases teológica y metafísica. Este concepto de progreso social, que a nosotros nos puede parecer obvio, fue un descubrimiento asombroso para las sociedades occidentales y se convirtió en generador de enormes cambios sociales y políticos.

Sin embargo, aun siendo significativa la relevancia social y económica de la ciencia, en este texto yo quisiera enfatizar otro aspecto primordial: la ciencia como aventura intelectual, como viaje al descubrimiento de lo desconocido. La ciencia es el esfuerzo por comprender el mundo que nos rodea, por avanzar en el conocimiento de las leyes que lo rigen. El encuentro con lo desconocido nos cambia, nos hace otros. Me gusta usar aquí como símbolo de esta aventura a los científicos de la era romántica, a Joseph Bank o a Charles Darwin, que surcaban mares y océanos para avanzar en el conocimiento de la botánica, la antropología o la biología.

Hoy en día, el territorio desconocido que exploramos es inmenso. Abarca desde tamaños diminutos, donde interaccionan las partículas elementales, hasta distancias colosales, en los confines del universo. La terra incognita por descubrir es mayor que nunca, porque cuanto más aprendemos sobre la naturaleza, más conscientes somos de todo lo que ignoramos. El territorio desconocido está hoy, por ejemplo, en la nanociencia, es decir en la posibilidad de comprender, diseñar y controlar estructuras a nivel atómico y molecular, o en la genómica, es decir, en la posibilidad de comprender y modificar toda la información contenida en el genoma humano. Igual que nuestros antepasados, aquellos que vivían hace tan solo doscientos años, no hubieran podido ni imaginar los adelantos de nuestra sociedad actual, para nosotros es imposible predecir las novedades que aparecerán de aquí a cincuenta años.

La ciencia ha transformado nuestra manera de pensar y, por tanto, nuestra manera de vivir, nuestra manera de ser hombres. El conocimiento científico forma parte del conjunto de conocimientos y habilidades con las que, como hombres, nos enfrentamos al mundo y nos relacionamos con nuestros semejantes. Es parte esencial de nuestra condición de seres humanos. Es parte esencial de nuestra cultura. La ciencia se basa en la creencia de que el Universo, el mundo material, es comprensible y que nosotros podemos encontrar la llave para entenderlo. Este es un cambio conceptual enorme. Por desgracia, la separación de facto del conocimiento en dos grandes ramas (humanidades y ciencias), tal y como denunció el científico y novelista C.P. Snow, ha supuesto la compartimentación de la actividad intelectual y, en muchos casos, el alejamiento por parte de la sociedad del conocimiento científico. Pero para nuestra cultura es tan importante conocer la estructura de doble hélice del ADN (y la historia de su descubrimiento) como las tragedias de Shakespeare.

En ese sentido, traigo aquí un fragmento de la descripción que hace la Unesco de cultura: “…la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos”. En mi opinión, podríamos cambiar la palabra ‘cultura’ por ‘ciencia’ en esta frase y seguiría siendo igualmente válida.

Como bien dice Juan Ignacio Pérez aquí, la ciencia es además libertad. Primero, porque el aumento de conocimiento siempre nos hace más libres, nos da más opciones. Segundo, porque la actividad científica está basada en la libertad de comunicación, libertad en el intercambio abierto de información, de datos, de ideas, para poder reproducir, comprobar, corregir los hallazgos. Y por último, porque se basa en la observación escrupulosa de la realidad, en la estricta verificación de todos sus formulados confrontados con la observación experimental. En este sentido es significativo el lema de la Royal Society, una de las sociedades científicas más antiguas del mundo, que dice “Nullius in verba” (“En las palabras de nadie”), es decir, no al argumento de autoridad, no a la creencia fundada únicamente en la opinión de alguien, sino tomar los hechos, la realidad, como base para la creación de conocimiento.

Déjenme acabar este breve elogio de la ciencia citando una frase de Einstein, el icono moderno de la física y quizás de toda la ciencia, que resume de forma genial la visión que de ella tengo: “Toda nuestra ciencia, medida contra la realidad, es primitiva e infantil; y a pesar de eso es lo más precioso que tenemos”.

Nota: Este texto recoge un extracto de la intervención del autor en la presentación de la edición en lengua vasca del “Sidereus nuncius” (1610) de Galileo, que se celebró en el Museo San Telmo de San Sebastián, el 22 de junio.


La controversia de Lysenko en el contexto de la guerra fría, por Eduardo Robredo Zugasti

Journal of the History of Biology acaba de publicar un número monográfico sobre la controversia de Lysenko y el así llamado “lisenkismo“, mostrando cómo la ciencia se convirtió en un campo de batalla más de la extinta guerra fría.

La campaña por una biología “progresista” libre de la contaminación liberal empezó a organizarse en la Unión Soviética en julio de 1948, coincidiendo con una reunión de la Academia de las Ciencias Agrícolas en torno a “la situación en la ciencia biológica”. Trofim D. Lysenko estableció entonces que la biología moderna se había separado en dos corrientes contradictorias; la llamada “agrobiología” o “biología michurinista” (en alusión al agrónomo Ivan Michurin) apoyada por el bloque soviético, y la genética “formal” o “Mendelista-Morganista-Weismannista” apoyada por el bloque occidental. [seguir leyendo en La Revolución Naturalista]”.


Elogio de la teoría

Autor: Daniel Innerarity, Catedrático de Filosofía, Investigador Ikerbasque, Director del Instituto de Gobernanza Democrática (GLOBERNANCE)

La astronomía y la filosofía tienen en común una tendencia a mirar hacia arriba y sufren también en común un desprecio hacia actividades tan poco “realistas” como dedicarse a la teoría. No deja de llamarme la atención el hecho de que uno de los primeros documentos de la historia de la filosofía sea un relato en el que un filósofo-astrónomo hace el ridículo. ¿Qué otra ciencia comienza su particular hagiografía con un suceso en el que unos de sus héroes no queda nada bien?

Nos lo transmite Platón: “Se cuenta de Tales que mientras se ocupaba de observar la cúpula celeste y miraba hacia arriba se cayó en un pozo. De lo cual se rió una graciosa y bella esclava tracia a la vez que le decía: «Quieres saber con verdadera pasión qué es lo que hay en el cielo pero no ves lo que hay a tus pies delante de tus narices.»

La figura del sabio que pierde el pie y se estrella contra la realidad inmediata es una vieja imagen en la que se han regodeado todas las culturas que guardan un reverencial respeto hacia el teórico, pero le desprecian en la vida práctica. A lo largo de los siglos se ha ido formando el estereotipo del despistado, alejado de la vida pública y de las destrezas de la vida cotidiana, absorto en sus elucubraciones de incierta utilidad inmediata. El encuentro entre Tales y la muchacha tracia habrá de compendiar todas las tensiones e incomprensiones entre el mundo de la vida y la teoría.

Aristóteles cuenta una anécdota para advertir que Tales no era tan tonto como parecía: “Se insultaba a Tales porque era pobre, lo que demostraba qué inútil era la filosofía. Pero también se cuenta que, gracias a sus conocimientos astronómicos, predijo una gran cosecha de aceite y, todavía en el invierno, cuando tenía un poco de dinero, se hizo con todos los lagares de Mileto y Chios. Los pudo alquilar a buen precio, pues nadie ofreció más que él. Cuando llegó el momento, hubo allí una repentina demanda. Entonces, volvió a alquilar bajo sus condiciones, ganó mucho dinero y demostró que los filósofos pueden ser ricos fácilmente si quieren, pero que éste no era su objetivo”. ¿Estaremos ante el primer gran “pelotazo” de la historia, cuyo autor no es un constructor griego sin escrúpulos sino un filósofo supuestamente despistado, pero fenicio al fin y al cabo?

Se podría interpretar toda la historia de la filosofía como un intento de vengarse de ese escarnio y mostrar que quien realmente hace el ridículo es quien desprecia la teoría. Una de las peores cosas que le pasan al que no sabe y no se inquieta por ello es, precisamente, que no tiene ni idea de hasta qué punto llega su ignorancia. Ilustrar esta situación, proporcionar la conciencia de aquello de lo que carecemos, es, a grandes rasgos, lo que Kant pretendió hacer en su filosofía crítica. Al ignorante hay que ofrecerle desde fuera la conciencia de esta ignorancia, ya que choca con una realidad con la que él es incapaz de contar. Kant se convierte en el abogado de Tales frente a la audacia de la esclava e invierte los papeles: ya no es la realidad terrenal la que nos mueve al realismo, sino la teoría del cielo, al mostrar la futilidad y pequeñez de lo inmediato.

“Las observaciones y los cálculos de la ciencia astronómica nos han enseñado muchas cosas dignas de admiración, pero lo más importante es que nos han descubierto un abismo de la ignorancia que, sin esos conocimientos, la razón humana no hubiera podido nunca imaginarse como algo tan grande”.

Hay una simpática anécdota que refiere el gran investigador alemán Alexander von Humboldt y que podría entenderse como una versión decimonónica del antiguo antagonismo entre la teoría y la vida. Se trata de un episodio que tuvo lugar durante su viaje a los Urales y al mar Caspio en 1829. Si la consideramos en su relación con el suceso de Tales, podemos observar cómo ya la ciencia se había establecido definitivamente en el mundo moderno. El informe de un policía dice así:

Hace algunos días llegó aquí un alemán llamado Humboldt, enjuto, de pequeña estatura, de aspecto insignificante, pero importante […] Aunque le recibí con el respeto que es debido, tengo que advertir que esta persona me parece sospechosa y muy peligrosa. Desde el principio no me ha gustado […] Nunca ha honrado con el respeto que se merecen a las supremas personalidades oficiales de la ciudad y se ha dedicado a conversar con polacos y otros delincuentes políticos que están bajo mi custodia. Me atrevo a informar de que no he dejado de prestar atención a estas conversaciones con delincuentes polacos, sobre todo desde que, después de hablar largamente se fue con ellos hasta la cumbre de una colina que domina la ciudad. Hasta allí transportaron una caja y sacaron de ella un instrumento que tenía el aspecto de un gran tubo que, a mí y a todo el mundo, nos parece ser un cañón. Después de haberlo fijado sobre tres patas, lo dirigió directamente a la ciudad y todos se le acercaron y miraron para ver si apuntaba correctamente. Dado que lo considero de un gran peligro para la ciudad (pues es completamente de madera) he ordenado de inmediato a la guarnición, compuesta de un suboficial y seis soldados, que apunten con sus armas hacia ese lugar, que no pierdan de vista a los alemanes y que observen sus intrigas. Si la bellaquería traidora de ese alemán confirma mis sospechas, entregaremos nuestras vidas por el Zar y la santa Rusia.

Humboldt representa aquí la posición de un teórico enfrentado a la desconfianza de la ignorancia. Lo ridículo resulta ser ahora la sospecha que muestra un funcionario de la policía imperial ante la pacífica actividad de observar el firmamento. Los papeles se invierten: el realismo pasa a ser patrimonio del teórico y el tradicional sentido común de un hombre corriente se convierte en algo risible. La venganza de la teoría se ha consumado. El mismo contraste que aparece en otro suceso similar: el pasaporte que le permitía viajar por las colonias españolas contenía la celosa advertencia de que le estaba permitido «servirse con plena libertad de sus instrumentos y realizar observaciones astronómicas en todas las posesiones españolas». ¿Desde cuándo han de darle a uno permiso los poderosos para mirar al cielo? La perplejidad ante lo nuevo toma diversas formas a lo largo de la historia, pero todas tienen el mismo tono: el sorprendido adopta un tono de soberanía sobre una realidad de cuyas dimensiones no tiene la menor idea.

No hay manera de dedicarse a la teoría sin abandonar el carril de lo acostumbrado y el contexto habitual de la utilidad. Quien así procede corre el riesgo de acabar en algún pozo, lo que le aleja de las seguridades que acompañan a la falta de reflexión. Pero esto le permite aquella distancia que resulta necesaria para dictaminar acerca de qué es lo esencial y qué carece de importancia, de separar lo necesario y lo trivial. Siempre puede haber espectadores que se sitúen fuera de la escena, que se consideren dispensados de realizar este esfuerzo. Son los observadores de un naufragio desde la segura orilla, que ríen o disfrutan de no verse afectados por la catástrofe. Por otros zares sí que arriesgarían su vida.

Quienes se dedican a la teoría, en cambio, se arriesgan por la verdad, lo cual implica hacer el ridículo no pocas veces ya que el fracaso es un compañero inevitable de la tarea de pensar.

Nota: Este texto recoge la intervención del autor en la presentación de la edición en lengua vasca del “Sidereus nuncius” (1610) de Galileo, que se celebró en el Museo San Telmo de San Sebastián, el 22 de junio.


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